Noventa aniversario

Hace muchos años hablé en esta bitácora de La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina. Dije, creo, y si no lo dije es un falso recuerdo cuyo fondo sigo manteniendo, que no se podía contar mejor el Madrid del 36. Me acuerdo de que me dieron ganas de quitarme el sombrero al leer un capítulo en el que durante muchas páginas el narrador iba enumerando una larga lista de acontecimientos recogidos por la prensa el 17 de julio de 1936, entre los que se colaba, como un hecho insignificante, el levantamiento de unos militares españoles en el norte de África. Un ejemplo perfecto no sólo de buena literatura, sino de la teoría del caos: una perturbación diminuta puede amplificarse de forma impredecible si las condiciones son las adecuadas. Quizá me interesan tanto los pequeños detalles porque a menudo un suceso aislado trastoca el futuro de la forma más inesperada. Como soy de naturaleza escéptica, acostumbro a no dar nada por supuesto. Mil páginas tiene la novela que mencionaba más arriba. Envidio a quien no la haya leído porque podrá disfrutarla por primera vez. De las pocas veces que siento envidia es cuando alguien aún no ha leído un libro espléndido o no ha visto una película que me emocionó. Nunca es igual a la primera vez. Ayer, precisamente, se lo decía a alguien que me pidió que le recomendase una novela cuya lectura disfruté tanto hace treinta y seis años, cuando era un lector constante siempre lo he sido, vayapero aún no se me había retorcido el colmillo: se paga un precio por jugar tanto a imaginemos, qué le vamos a hacer…

No sé si será por la final futbolera de mañana o porque ando apagando fuegos cada día, pero no percibo tanto ruido guerracivilesco en este aniversario rotundo. Aparte del cuestionable aprovechamiento de la coyuntura por parte de algunos políticos periféricos para afirmar que no van con España o que si van es porque el delantero estrella de la selección es vasco o porque muchos futbolistas son jugadores del Barça, presumo a la gente más preocupada porque Messi no tenga mañana su día que por debatir sobre rojos y fachas para celebrar el noventa aniversario del comienzo de la guerra civil.

Y me alegro.

Me pregunto si hace nueve décadas las cosas habrían sido distintas de haber estado los aficionados pendientes de la final de un mundial. Sí, ya sé que fue justo dos años antes, en Italia, o dos años después, en Francia, pero quién sabe: igual el fútbol sirve para mucho más de lo que parece, para cosas tan simples y tan importantes como darnos abrazos, hasta para no matarnos. Durante un partido todos perseguimos el mismo objetivo y eso nos impide acuchillarnos. O algo menos grave, más doméstico: un gol consigue que se abracen personas que un rato antes o un rato después estarían discutiendo sobre política. Me acabo de acordar, al escribir esto, de un espléndido cuento de Juan Bonilla, El dios de entonces, cuando un torturador y un torturado de la dictadura argentina se encuentran en un Boca River. 

Quizá por eso inventamos banderas, camisetas hortera y escudos, porque siempre será mejor gritar por un penalti que luchar  por unos metros de trinchera. 

Quizá el fútbol no sirva para resolver conflictos, pero si durante un rato consigue aplazar alguno ya habrá conseguido más de lo que quienes no somos futboleros solemos reconocerle.

Quizá la final de un mundial sea una forma primaria y sencilla si es que no significan lo mismode sentirnos parte de algo. 

 

Julio de 2026

 

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