El final del verano
Los últimos días de agosto el aire tiene una consistencia distinta. Más fría, más agradable, como de clausura, de lo que empieza a recogerse aunque nadie lo haya ordenado todavía. No siempre la meteorología tiene la delicadeza de ponerse de acuerdo con el calendario, y lo cierto es que al verano le quedan aún varias semanas, pero ya lo sabemos: el verano termina ahora. Todo lo demás es marear la perdiz. Se nota en el tráfico, en la gente que ha vuelto, en las ciudades que recuperan poco a poco su aspecto habitual y en la dificultad para aparcar.
Agoniza agosto y me acuerdo de Verano Azul, de María Garralón llorando y de la canción El final del verano, sonando mientras la lluvia golpea los cristales. Creo que Chanquete ya había muerto y creo también que era el último capítulo, y aunque podría comprobarlo prefiero no hacerlo. Quizá la pintora lloraba en otro episodio porque la tormenta le traía malos recuerdos. Pero no siempre conviene estropear la memoria al contrastarla con los hechos.
Mentiría si dijera que este ha sido un mal verano, porque aunque solo he pisado la playa un par de veces lo he disfrutado. Y todavía pienso tirarme en la arena y darme algún baño. Pronto volverá a hacer calor. He pasado casi todos los días de este verano sumergido en algo que, después de tantos años, no alcanzaba a recordar que me gustaba tanto: escribir una novela. También he recuperado una costumbre antigua, un horario de otra época. He escrito a horas muy distintas, muchas veces porque no he podido elegirlas. Cuando apenas tenía tiempo, me levantaba muy temprano para arrancarle un par de horas al día antes de que empezara la vida de verdad. He escrito por las tardes, por las mañanas, en trenes, en aviones, en aeropuertos, en estaciones, habitaciones de hotel y algún sitio más que ahora no recuerdo. Pero nunca de madrugada. Para eso hay que poseer una épica de la que carezco y, además, a ciertas horas prefiero dormir, o lo intento, o hacer otras cosas que no puedo contaros. O no me apetece.
Pero este verano he vuelto a escribir por las tardes. Cuando en la calle hace un calor que desaconseja cualquier actividad que no esté protegida por el aire acondicionado y el mundo se queda quieto durante unas horas, me siento delante del ordenador y vuelvo a la novela. Ese silencio estival que se parece tanto a la madrugada. Y escribo. A veces avanzo mucho, otras mucho menos. Pero he recuperado ese vértigo que aparece cuando una historia empieza a tirar de ti.
No creáis, no es tan idílico como parece. Eso se lo dejo a ciertos cantamañanas que no tienen ni puñetera idea del oficio y cuentan en Instagram cómo se escribe una novela. Creedme si os digo que escribir una novela sigue siendo una magnífica manera de ejercer de picapedrero: avanzas, retrocedes, tiras páginas, recuperas otras, dudas de cosas que el día anterior te parecían estupendas y al día siguiente vuelven a parecértelo. Pasas horas, muchas, intentando arreglar algo que quizá no estaba roto. Como siempre ocurre, llega un momento en que empiezas a estar un poco harto de la novela. Lo curioso es que es justo ahí, en ese punto, cuando sabes que vas por buen camino. A mí suele pasarme cuando llevo suficiente tiempo arremangado como para que el entusiasmo del principio deje paso al trabajo de verdad. Al comenzar todo es más fácil, claro. Con las novelas pasa un poco como cuando te enamoras: la convivencia viene después.
Se acaba agosto, decía. Las tardes van perdiendo esa quietud que tanto me gusta, las carreteras vuelven a llenarse, la ciudad recuperara sus ruidos y dentro de unos días nadie se acordará de que todavía seguimos en verano. Da igual. Continuaré sentándome delante de la novela el tiempo que haga falta. Ya veremos hasta cuándo. Un día la terminaré, y entonces ocurrirá algo que siempre resulta extraño: después de haber vivido durante muchos meses pendiente de una historia y de sus personajes, peleándome con todos, apartándome del mundo y viendo cómo la vida pasa al otro lado de la ventana, llegará un momento en que sabré que ya no puedo hacer más por ella. Será el momento de dar por terminado el trabajo. Luego cruzaré los dedos para que lo que he escrito permanezca durante mucho tiempo en la memoria de quienes la lean, si es que tiene la suerte de ser publicada, si es que tiene la suerte de encontrar lectores. Pero esa es otra historia y ahí no hay mucho que yo pueda hacer: escribo libros, no los publico y tampoco los vendo.
Conque, de momento, mientras en algún rincón de mi cabeza suena el Dúo dinámico y María Garralón llora junto a una ventana mientras la lluvia cae al otro lado, en un verano de hace más de cuarenta años que tal vez ni siquiera ocurrió como lo recuerdo, me empeño en algo más sencillo y más difícil a la vez: seguir escribiendo.
Agosto de 2026
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