Los escritores no somos gente honrada

A los escritores no se nos puede contar nada. Conviene saberlo antes de sentarse con uno a tomar café, confiarle una desgracia familiar, una infidelidad, ese episodio vergonzoso durante las vacaciones o una frase pronunciada hace treinta años y que todavía recordamos. La vida de nadie está del todo a salvo de lo que escribimos.

Pensaba en esto hace unos días al ver una noticia sobre Natalie Portman. La actriz, a la que yo tenía un poco desaparecida aunque recuerdo unas cuantas películas estupendas en las que salía, anda enfangada en una polémica literaria por Life of M, la nueva novela de Rachel Cusk. No he leído nunca a Cusk, así que poco puedo decir de ella, pero al parecer su protagonista guarda suficientes semejanzas con Portman como para que mucha gente haya decidido que es Portman aunque se llame M. A partir de ahí viene todo lo demás: dónde termina la ficción, dónde empieza la vida de una persona real y hasta qué punto basta cambiar un nombre para que alguien deje de ser quien todos creemos que es.

Cosas de escritores: te arremangas, te sientas a escribir, metes la mano en el saco de la memoria y vas sacando. Nunca sabes muy bien qué aparecerá. Una cosa que te ocurrió ayer, otra que te contaron hace veinte años, una mujer a la que viste llorando en un aeropuerto, una pareja que baila un vals sin música, una frase escuchada en la mesa de al lado, una escena de una película, un recuerdo que ya no sabes si es exactamente un recuerdo, una historia que te contó alguien y que el tiempo ha ido deformando hasta que ya no se parece a lo que te contó. También están los libros que has leído, claro. Y lo que has imaginado. Los lugares en los que has vivido. Las personas que quisiste y las que no soportabas. Todo termina dentro del mismo zurrón y resulta difícil averiguar de dónde procede cada cosa.

Aunque tampoco vamos a hacernos los inocentes: a veces lo sabes. Hay cosas que un escritor toma deliberadamente de alguien: una forma de hablar, una anécdota, un gesto, una profesión, una manera de mirar cuando miente. Puede hacerlo con cariño o con mala leche. Utilizarlo porque le viene bien para un personaje, porque lo que escuchó era demasiado bueno para dejarlo escapar o incluso para ajustar alguna cuenta pendiente. Somos humanos, vaya. También puede ocurrir sin ninguna intención, porque escribir también es transformar cosas hasta que dejan de parecerse a su origen, mezclarlas con otras y acabar convencido de que siempre fueron tuyas.

A mí me gustan los escritores cuya alma se ve detrás de sus textos. No quiero decir que tengan que contarme su vida, ni mucho menos que cada novela deba convertirse en una confesión disfrazada, pero me encanta sentir que detrás de las palabras hay alguien. Y para eso tiene que haber algo vivido, aunque lo vivido sea también lo leído, lo escuchado, lo perdido, lo deseado o lo que nunca ocurrió y  habría querido que ocurriera. Escribir debe de ser una mezcla de todo eso. En algún momento Vargas Llosa comparó la escritura con un striptease al revés: el escritor empieza desnudo y, a medida que escribe, se va vistiendo con sus personajes. El problema empieza, supongo, cuando para vestirnos nosotros empezamos a desnudar a los demás.

Hasta aquí, vale, de acuerdo: no somos gente de fiar. Pero hay otra parte de la historia que casi nunca se cuenta. Si me hubieran dado un euro cada vez que alguien me ha dicho tengo una historia con la que podrás escribir una gran novela no necesitaría volver a trabajar en mi vida. Es una de esas frases que un escritor escucha durante toda su vida y que, puestos a decir la verdad, rara vez sirve nada más que para perder el tiempo mientras pones cara de que te interesa lo que te cuentan. Alguien descubre a un novelista en una comida y al cabo de un rato se acerca con esa expresión de quien lleva en el bolsillo algo que puede solucionarte la carrera literaria. Tienes que escribir sobre esto. Esto da para una novela. No sabes lo que le ocurrió a un amigo mío. Te voy a contar una historia increíble.

Lo curioso, y me da que es algo sobre lo que no se suele hablar, es que también podría dejar de trabajar si me hubieran dado otro euro por cada persona que, después de leer algo mío me ha dicho esto que has escrito te lo he contado yo. Y no, la mayoría de las veces no lo has sacado de ahí. Ni siquiera estabas pensando en esa persona cuando lo escribiste. Pero el lector ha encontrado una coincidencia, luego otra, ha reconocido una frase o una situación parecida —las personas no son tan distintas, en realidad— y ya no hay manera de convencerlo. Sabe que está ahí. Tú puedes explicarle que no, pero no sirve de nada. En estos asuntos el lector suele tener mucha más imaginación de la que se atribuye al escritor.

Esa es una paradoja que siempre me ha divertido: por un lado existe cierto miedo a que un escritor utilice lo que le cuentas. Por otro, hay una extraña satisfacción en descubrirse dentro de un libro. Querer proteger nuestra vida de los escritores y al mismo tiempo sentir que hemos dejado algo nuestro en sus páginas. Quizá porque reconocerse en una ficción tiene algo de pequeña inmortalidad. Ese personaje soy yo. Esa frase te la dije yo. Esa pareja somos nosotros. Ese hombre está inspirado en fulano. Puede que alguna vez sea verdad, pero a menudo el escritor contempla bastante perplejo cómo alguien reclama como suyo algo que salió de otro sitio o jamás le perteneció.

Así que no nos echen la culpa de todo. Los escritores metemos la mano en el saco, desde luego. Robamos, mezclamos, deformamos, olvidamos la procedencia de lo robado y después le ponemos un nombre distinto. Algunas veces hasta podemos meternos en problemas por hacerlo. Pero alrededor del saco están también los demás, mirando lo que sacamos y esperando reconocerse.


Agosto de 2026


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