Oye, chaval
A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto.
Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca.
Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para la que, además, no tienes que viajar ni leerte cuarenta libros para que nadie te pille en un fallo. La historia te nace desde muy adentro ―siempre nacen así, eso es verdad, aunque a veces lo disimulas― y, en lugar de relajarte y escribirla sin prisa pero sin pausa, como se supone que hay que hacer estas cosas, no paras. Todas las horas del día. Todo los putos días.
Ya no te acordabas de esa vieja contractura, ¿verdad? Pues el trapecio empieza a dar la lata otra vez. ¿Y los ojos? Al final del día los tienes como si hubieras estado intentando apagar un incendio. La chica de la óptica te ha dicho que la presbicia ha vuelto a aumentar. Sólo un poco. Pero siempre es un poco cada vez. ¿Dónde está el límite? ¿Qué pasa, chaval? ¿Y esa mujer tan atractiva a la que tienes que responder un mensaje? ¿Qué te crees, que te va a esperar toda la vida? ¿Y la película que estás viendo? ¿Y el yoga? Porque anda que no te has levantado veces en mitad de una postura porque se te ha ocurrido una idea y ya no te podías concentrar. Pero si hasta tienes que obligarte para levantarte y prepararte algo de comer o para ir a ver a la familia.
Lo tuyo no es normal. Y, para colmo, una historia de amor. Sí, señor. Con un par. Un triángulo amoroso, para variar. Porque tienes una obsesión con esa figura geométrica que algún día los lectores van a pensar que escondes un trauma. Y con razón. Hasta de una novela tuya alguien dijo que era un triángulo amoroso de cuatro lados. Una de las afirmaciones más surrealistas y quizá más certeras sobre tus libros. Porque ¿a qué viene, a estas alturas de la película, ponerte a escribir una historia de amor? Con la mili que tienes. Que sí, que estamos hartos de oírte decir que tus novelas hablan de sentimientos. Pues ahora, si quieres taza, taza y media. Amor por aquí, amor por allá y la peña intentando aclararse con lo que siente. Muy bien, chaval. Muy original. Tú mismo.
Y luego no lo olvides: ya llegará el listillo de turno para darte consejos que ni pides ni quieres ―igual ni los necesitas―y explicarte que las novelas así ya no se venden. Que tienen que ser más cortas. Con diálogos kilométricos a ser posible. Porque los lectores ya no tienen paciencia. Que las editoriales buscan otra cosa. Y tú que sí, que te encantan los diálogos y además no se te dan mal, pero que también disfrutas como un cabrón escribiendo párrafos largos, reflexiones y personajes que se quedan pensando cuando cualquiera con dos dedos de frente les habría dicho que siguieran caminando. Tú y tu manía de pasarte lo evidente ―y lo pertinente― por el arco del triunfo.
Desde luego, chaval, no hay quien te entienda. Porque luego qué. A ver, dime. ¿Qué te va a decir tu agente? Eso ya lo sabes: «Andrés, esto no se vende. Va a ser a ser complicado que algún editor quiera publicarlo». ¿Y después qué? ¿A guardarla en un cajón y esperar? Te recuerdo que tienes docena y media de cuentos en un cajón. Lo tuyo no es normal. Escribir, al final, ¿para qué? Ya sé que no es una droga. Bueno, no tienes muchos vicios, así que tampoco podemos pedirte demasiado. Aunque quizá algunos vicios sean bastante más placenteros que este. Algunos hasta te harán sentir bien. Aunque no los cuentes. Seguro que no te dejan el cuello como si hubieras pasado la noche durmiendo dentro de una hormigonera; algunos incluso no animan a tus ojos a pedir la jubilación anticipada; o a que te olvides de comer o te levantes del sofá en mitad de una película porque se te acaba de ocurrir una frase demasiado buena como para no apuntarla.
En fin: toda la vida diciendo que escribir novelas es una maratón y que hay que tomárselo con calma, y ahora te comportas como si hubieras salido de la curva en la última vuelta con el público en las gradas jaleándote para que aprietes.
Lo peor es que te gusta demasiado y, a pesar de todo, sigues ahí, jugando a imaginemos. Conque deja de darme la tabarra con las maratones, los cien metros y los símiles boxísticos cortazarianos. Levántate un rato, si es que no te quedas doblado al intentarlo. Come algo. Contesta a esa mujer, a ver si te vas a creer que eres el único hombre en el mundo que la pretende. Haz yoga sin levantarte en mitad de la postura. Termina la película. Mira a tu alrededor. Y mañana, si quieres, vuelves a escribir. Aunque los dos sabemos que no vas a hacerme caso.
Porque vas a seguir corriendo.
Porque no sabes correr de otra manera.
Agosto de 2026
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