Ruido
Me puse el reto de terminar el primer borrador antes de que acabara agosto. No por nada en particular, sino por probarme a mí mismo, otra vez, otra de tantas, porque de cuando en cuando me gusta demostrarme que soy capaz. Y porque pocas cosas me motivan más cuando me dicen que algo no es posible. Entonces se me activa una especie de mecanismo infantil que responde: ¡¿Cómo que no?! Y ahí es cuando se lía todo. Felizmente, digo.
Han sido dos meses sin parar, muchas horas todos los días, sin descansar ni uno solo. Al final nunca sé muy bien por qué lo hago si a estas alturas de la película no creo tener nada que demostrar, y mucho menos a mí mismo, pero la vocación es eso: escribir no es más que sentarte todos los días, incluso cuando no tienes ganas, cuando no sale, cuando estás cansado o cuando preferirías hacer cualquier otra cosa. Que no os cuenten milongas. Todo lo demás es ruido.
Mi nueva impresora acaba de escupir un borrador de quinientas diecinueve páginas en veinticinco capítulos. Ahora intentaré quitarle setenta u ochenta páginas. Si hace falta podar, porque igual no, aunque lo dudo. Sí sospecho que serán más de veinticinco capítulos porque al menos un par de ellos los dividiré. Me pongo a leer hoy mismo, con mi implacable Pilot rojo. Cuando acabe pasaré los cambios al ordenador y la dejaré reposar varias semanas, como recomienda el maestro Stephen King (amén); luego volveré a leerla, con la mirada que da la distancia y, si es posible, tras rematar un cuento que tengo casi terminado y tal vez arremangarme con otro: lo bueno de cambiar de asunto es que vuelves con más frescura a lo que a estas alturas ya no puedes mirar con perspectiva. Luego la echaré a volar. Esto es, se la mandaré a mi agente y lo que ocurra ya no dependerá de mí. O muy poco. Pero siempre me quedará esto, queridos: la satisfacción de haber llegado hasta la última página, el placer de haberlo hecho lo mejor que he podido. Lo mejor que he sabido.
Todo lo demás, ya lo dije más arriba, es ruido.
Agosto de 2026
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