El club de los poetas muertos

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Lo he contado muchas veces: me gusta ir al teatro cuando estoy en Madrid. Manías que tiene uno. A pesar de haber visto la película cuando la estrenaron en el cine (puede que la haya vuelto a ver alguna vez), o quizá por eso, sentía curiosidad por la versión teatral. Conservaba un recuerdo muy nítido de John Keating, ese profesor que animaba a sus alumnos a subirse a los pupitres para ver el mundo de otra manera, cambiar de perspectiva, dar la vuelta a los argumentos, desconfiar de lo que todo el mundo daba por sentado, cuestionarse a uno mismo sin cesar; pensar, en definitiva. Los buenos profesores, creo, son los que te enseñan a pensar por tu cuenta, más allá de lo que puedas aprender de memoria para aprobar un examen. Alguno tuve, por fortuna. Más de uno, en realidad. No ha estado tan mal la vida, después de todo.  No  cabía un alfiler en la representación de El club de los poetas muertos . Lo bueno de la versión teatral es que es la película y al mismo tiempo no lo es. Jua...

Farmear aura


Enclaustrado como llevo desde finales de junio, hay días en los que mis conversaciones se reducen a soliloquios donde las expresiones habituales son «no me gusta», «es demasiado esquemático», «esto es demasiado literario», «este párrafo está demasiado seco», «este es demasiado bonito», «aquí sobra una frase», «aquí falta algo, pero no sé qué» o “con la de cosas que se te habrían podido ocurrir, se te ha ocurrido volver a escribir una novela, chaval”. Uno gasta las horas discutiendo consigo mismo y con gente que no existe más que en su cabeza, pero la vida sigue su curso al otro lado de la ventana. Sales a comprar, ves a la familia, haces deporte para que el cuerpo no termine adoptando para siempre la forma de la silla, pero poco más. Y entonces un día asomas la cabeza ahí fuera y descubres que, durante tu ausencia, la humanidad ha inventado otra cosa.

Ahora resulta que se puede farmear aura. Me enteré ayer en la radio porque soy de los antiguos que todavía la escuchan. Otro neologismo. Cada vez aprendo más y, lo preocupante, es que cada vez tengo que aprenderlos más deprisa. No había terminado de acostumbrarme a unos cuando ya llegan los siguientes empujándolos, sustituyéndolos o dejándolos obsoletos, que es una forma más sutil pero no menos cruel de borrar. Farmear aura, por lo que he conseguido entender, consiste más o menos en hacer cosas destinadas a aumentar tu aura, tu carisma, la impresión que causas en los demás; lo guay que eres, vaya, procurando que parezca que no estás intentando causar ninguna impresión. Ahí está la gracia, parece. No basta con gustar. Hay que molar como quien no quiere la cosa. Como si te importara un carajo, hablando en plata. Imagino que el verdadero maestro del asunto será quien consiga farmear aura sin que nadie descubra que está farmeando aura, ni siquiera él mismo.

Lo que toda la vida hemos llamado presumir, vaya. Aunque sea presumir con matices, de acuerdo. Presumir de una manera algo más sofisticada. Pero presumir. Ponerte delante del espejo, buscar el perfil bueno, hacerte una foto en la que mira por dónde estás estupendo y subirla a las redes como quien no quiere la cosa. Todos lo hacemos alguna vez. Yo también. No pasa nada. Uno tiene derecho a elegir entre las treinta fotografías aquella en la que parece más joven, más delgado y sobre todo más guapo y más interesante de lo que realmente es. Bastante tenemos ya con soportarnos recién levantados en el espejo del cuarto de baño para encima exigir sinceridad a Instagram.

Lo que no termino de entender es por qué ahora hay que llamarlo farmear aura. Aunque, ¿a quén le importa que quiera entenderlo? Que los jóvenes siempre hayan necesitado inventar un idioma que los mayores no los entendamos me parece una costumbre saludable y legítima. Yo soy ya muy antiguo. Me quedé en los chavales de Verano Azul hablando al revés para que los adultos no se enterasen de lo que decían. Aquello tenía su mérito, no creáis: no había inteligencia artificial ni redes sociales y, si querías impedir que tus padres entendieran una conversación, tenías que estrujarte un poquito las meninges. Alguna ventaja tenía. De la conveniencia de impedir la inteligencia artificial en determinadas etapas escolares para evitar que dentro de unos años necesitemos preguntarle a una máquina hasta dónde hemos dejado las llaves ya hablaremos otro día.

A lo que iba: Farmear aura. Lo inquietante no es la expresión. La expresión tiene algo divertido, de videojuego,  dicen. Como si uno pudiera salir por la mañana con el depósito de aura a la mitad y regresar por la noche tras conseguir cuarenta puntos por entrar en una cafetería con gafas de sol, veinte por leer a Dostoievski en el metro y ciento cincuenta por mirar con melancolía el horizonte mientras alguien te fotografía y finges no darte cuenta. Lo inquietante es la velocidad. Cada vez que salgo de este encierro voluntario en el que me he metido para escribir una novela, el mundo parece haberse desplazado unos centímetros sin avisarme. Hay una palabra nueva, una aplicación nueva, una costumbre nueva, algo que ayer resultaba ridículo y hoy hace todo el mundo, o algo que ayer hacía todo el mundo y hoy resulta ridículo. Yo qué sé. Regreso al manuscrito, vuelvo a discutir si un diálogo está demasiado elaborado o un párrafo demasiado bonito y, cuando levanto otra vez la cabeza, la Tierra ha completado otras cuantas vueltas sin mí. Me pregunto si el día que termine la novela abriré la puerta y habrán pasado tres mil años. Si saldré a la calle deslumbrado, todavía dudando si debería quitar un adverbio del capítulo noveno, y descubriré que el coche está cubierto de vegetación, que las ruinas del tatami donde practico yoga son patrimonio de la humanidad y que unos simios a caballo y con cara de mala hostia recorren mi pueblo. Uno de ellos se detendrá al verme. Me observará con curiosidad. Yo intentaré explicarle que llevo unos meses escribiendo una novela y que cuando empecé todavía decíamos cosas tan antiguas como postureo. Él consultará algún dispositivo incrustado en la muñeca y me mirará con lástima. Qué poco aura, chaval, me dirá, antes de seguir su camino.

Y yo volveré a encerrarme. A ver si por lo menos termino la novela.


Septiembre de 2026

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