Propiedad Intelectual


Registrar una obra literaria no sirve de mucho a la hora de la verdad, pero uno hace las cosas por costumbre, o piensa con ingenuidad que siempre es mejor curarse en salud, que en la balanza pesan más las ventajas que las molestias. Hace unos años un guionista me pidió permiso para usar el pasaje de una novela mía en una película. Decliné la oferta amablemente por escrito tras consultarlo con mi agente, y con mi respuesta debieron de hacer suyo aquello que dicen que escribió Muñoz Seca: «La impertinente misiva que remitido me has, ahora la tengo delante, pronto la tendré detrás». Cito de memoria y así se va a quedar, porque es como lo recuerdo, vaya. La película la protagonizó Mario Casas y jamás la vi.

Perdonadme la digresión, pero voy por el segundo café para hacer tiempo en esta mañana farragosa que me espera y me siento como un alienígena si mientras desayuno no me baila la muñeca sobre el cuaderno. Registrar la novela, decía. Antes, hace muchos años —ya empieza a hacer demasiados años de casi todo, joder—, era en otro sitio. Al principio había que pagar una tasa y durante un tiempo el trámite fue gratuito. Llevabas tu novela, tus cuentos encuadernados con todas las páginas firmadas ―sí, todas― y hasta la próxima. Más adelante, quien quiera que dictase las normas fue indulgente y sólo había que firmar la primera y la última. Eso resulta un alivio para la muñeca cuando ha parido unas cuantas novelas gordas. En un cuarto de siglo jugando a imaginemos he visto a muchos funcionarios al otro lado de la mesa en distintos despachos: amables, menos amables, algunos te reconocen, otros ni siquiera te miran. La vida misma, vaya, y así es como debe ser: no que no te miren, digo, sino que no te reconozcan.

Ayer conseguí, tras contener la respiración mientras pulsaba las teclas porque soy un troglodita para todo lo relacionado con los trámites telemáticos, pagar la tasa correspondiente. Así que hoy me toca ir con un pen drive, como quien lleva un tesoro, los dedos cruzados para que la novela no se borre, cada vez más convencido, y aceptándolo porque es ley de vida, que empiezo a formar parte de un mundo que más pronto que tarde desaparecerá.


Octubre de 2026

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