El lunes de cada año

Dice Antonio Muñoz Molina en Ardor Guerrero, ese libro que deberían leer todos los que han pisado con poca o ninguna convicción marcial un cuartel, que es imposible ser feliz un domingo por la tarde. Ahora mismo no tengo el libro a mano, pero recuerdo la cita. Supongo que el escritor se refería a la cercanía inexorable del lunes que tiñe de lánguida tristeza el crepúsculo de los domingos. Y si no quería decir eso, cosa improbable pero no imposible, tampoco me importa demasiado, pues la experiencia de cada lector es tan única como su vida, y esa frase para mí quiere decir exactamente eso: que la mañana del lunes, maldita sea, se cierne sobre nuestras cabezas, como el cielo sobre el casco de Abraracúrcix, a medida que se acaba el domingo.
A finales de agosto, al mirar el cielo a la misma hora en la que hace tan sólo unos días aún se resistía a ocultarse el sol mientras adquiría un color naranja fuerte y espeso en el horizonte y descubrir ahora el brillo de la luna cuando todavía no son las diez de la noche, me acordaba de esas palabras de Muñoz Molina. El verano, tan caluroso, tan duro, tan corto, se acaba. Si todos las semanas tienen un lunes todos los años tienen un septiembre. Y si no es posible ser feliz un domingo por la tarde no requiere un menor esfuerzo resistirse a la melancolía un atardecer al final del verano.
A mucha gente no le gusta el día de Nochevieja: sin saber muy bien por qué de repente se sienten afectados por una tristeza inusual el último día del año. Otros se hacen promesas para el año nuevo que tal vez saben de antemano que nunca van a cumplir. Con la vuelta de las vacaciones pasa lo mismo, incluso más. A uno los embarga la tristeza desde varios días antes de regresar y sin embargo a otros, tal vez para disimular la congoja, les bullen en la cabeza las docenas de proyectos que piensan acometer con ahínco cuando vuelvan a la rutina de sus vidas. Cada cual, pues, trata de sobrellevar el asunto lo mejor que sabe, o lo mejor que puede. Tal vez por eso, por el significado de vuelta a la rutina, septiembre es el mejor momento para iniciar una nueva vida: los anuncios de fascículos en televisión se multiplican —la otra tanda la tenemos en enero, y a estas alturas de la película, o del artículo, comprenderán que la comparación no resulta casual—, los gimnasios otra vez a rebosar, las academias de idiomas, las herboristerías, las librerías y los grandes almacenes. La vida se renueva en septiembre. Luego nos damos cuenta de que, como decía Julio Iglesias, la vida sigue igual, pero la ilusión de empezar de nuevo después del verano es un hecho del que creo que no nos libramos casi ninguno.
Puesto que en septiembre se renueva la vida tal vez no sería mala idea institucionalizar la entrada del nuevo año esos días aún calurosos, con tambores y fuegos artificiales, como en nochevieja. Total, con un poco de suerte, dentro de unos años a lo mejor nadie se acuerda de la nochevieja en diciembre más que como una reliquia del pasado.
Ya sé que es una idea descabellada, y tal vez absurda, aunque no menos disparatada que los argumentos delirantes de los cerriles que defendían hace casi un par de años que el milenio terminaba el treinta y uno de diciembre de 1999 —por cierto, adónde se fueron en diciembre de 2000, porque no he escuchado a ninguno decir esta boca es mía—. En serio, aunque todo haya ido medio en broma, piénsenlo un momento, y por favor, háganlo de verdad: ¿cuándo empieza el año el año para ustedes, el uno de enero, en una fiesta atragantándose de uvas y esquivando matasuegras, o el día que regresan a casa con los niños bronceados, el lomo partido por catorce horas de caravana, el bolsillo vacío y malditas las ganas de aguantar a los pelmazos de la oficina hasta por fin llegue otra vez agosto?
Piénsenlo... Y sean sinceros.

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2001

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