Una gota en el mar

Cuando se apagan las luces y la platea se queda a oscuras me afecta una sensación idéntica al momento de sentarme en mi sillón de orejas preferido con una novela. Al cabo, de lo que se trata en estos dos momentos mágicos es de asistir una buena historia, que el tiempo pase sin darme cuenta y que al encenderse las luces de la sala o al cerrar el libro tenga uno la sensación de que el tiempo invertido haya merecido la pena, de sentirse mejor con uno mismo y tal vez haber aprendido algo. Las buenas historias son las que uno inicia con expectación y culmina con satisfacción, pero no siempre es fácil dar con ellas. Por desgracia, a veces cuesta tanto encontrarlas como a una gota en el mar. Un miércoles, día del espectador, encuentro la única sala en Sevilla donde ponen En la ciudad sin límites, una película española recién estrenada. Sólo estamos cuatro personas fascinadas por una historia mágica de intrigas familiares, de rencillas, de engaños, de codicia, de complicidad entre un padre enfermo terminal y un hijo cómplice de su locura. Me gustan las buenas películas, vengan de donde vengan, pero no puedo evitar sentir cierta desazón al darme cuenta de la dificultad de abrirse camino entre las producciones norteamericanas de esta hermosa historia protagonizada por el genio Fernán Gómez, que te deja pensativo, clavado en la butaca cuando se han encendido las luces, lamentando, con sana envidia, que no se te haya ocurrido a ti.

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