En busca del tesoro

Cada vez es peor. Desde los agitados años anteriores a la Expo 92, no recuerdo un caos circulatorio ni una afán por las obras rayano en lo patológico como el de ahora. Y de los accesos a la ciudad, mejor ni hablar, porque, llegar a la altura de la curva de la Pañoleta bajando desde la autovía de Huelva, se convierte, a determinadas horas del día, en una peligrosa carrera de obstáculos en la que dos ojos resultan insuficientes para estar al tanto de los coches que han puesto la doble intermitencia en mitad de un tramo con escasa visibilidad y al mismo tiempo controlar en los retrovisores la furgoneta que tienes pegada al culo, dándote ráfagas con las luces, o el camión intrépido que se abre camino por el carril de la derecha, como si el atasco no fuera con él. Dado lo arriesgado del asunto, y a pesar de tener el fervor religioso bajo mínimos desde la primera comunión, hay veces que, sin saber muy bien por qué (o tal vez sí), se santigua uno al ponerse al volante. Menos mal que ahora, con la futura SE 40 y el metro, parece que las cosas van a ir mejorando. Mientras tanto, las obras, parece que no salen de la ciudad, y el turista que haya leído Astérix en Hispania y venga a Sevilla esta primavera comprobará que, igual que en la historieta, las obras y las fiestas forman parte de la España diferente. Quién sabe, a lo mejor algún visitante tiene la misma lucidez del actor Danny de Vito, a quien le preguntaron qué le parecía Madrid: una hermosa ciudad, respondió, pero lo será aún más cuando encuentren el tesoro que están buscando.

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