Novelas de kiosco



A mí me gusta mimar las páginas que escribo: los folios de una novela, los folios de un cuento, los folios de los artículos que escribo para algún periódico o éstos donde leo cada miércoles en Onda Cero. Los temas casi siempre vienen solos, aunque algunas veces hay que sentarse en un sillón y, como decía Isaac Asimov, pensar intensamente. Al final, siempre sale algo y el terror ante la página en blanco o al parpadeo en la pantalla del ordenador no suele ser más que una excusa coqueta de ciertos autores perezosos. Aunque, bien pensado, quizá me gusta mimar lo que escribo porque casi siempre escribo de lo que quiero escribir. Si en lugar de consultar cada mañana la lista de trabajos pendientes tuviera la obligación de rellenar 60 o 70 folios de un tirón -60 o 70 folios cada día, durante años- seguramente el trabajo de escritor se me haría muy cuesta arriba y tal vez preferiría dedicarme a otras actividades menos agotadoras y más gratificantes.
Ahora que la novela de quiosco ha superado el medio siglo de vida se está hablando mucho de ella. De las famosas novelas de a duro que mi padre, lector empedernido, me contaba que alquilaba por una peseta, se han vendido cientos de millones de ejemplares. Novelas del Oeste, novelas policíacas, novelas de ciencia ficción garrapateadas a toda prisa casi todas por intelectuales desafectos al Régimen, novelas firmadas con pseudónimos ante cuya mención uno no puede contener una sonrisa: Eduardo de Guzmán, un estupendo periodista, autor de un lúcido libro sobre la posguerra, El año de la victoria, se refugió durante años bajo el exótico nombre de Edward Goodman. La lista de ex militares, ex periodistas o ex funcionarios afines a la República es larga: Álvaro Cortés Roa, Alv Cortroa; Luis Rodríguez Aroca, Lewis Haroc; Floreal Rodríguez Lázaro, Lucky Martin; Pedro Guirao, Peter Kapra; Francisco González Ledesma, Silver Kane; Miguel Oliveros; Keith Luger. Todos ellos escribían agobiados por los plazos de entrega, todos ellos escribían acuciados por la penuria, malpagados, con un ojo puesto en el lápiz rojo de la censura, porque, para colmo de sus pesares no cobraban hasta que la novela estuviese publicada.
Ahora mi amigo José María Merino, que está hoy con nosotros, acaba de publicar El heredero, una novela en la que, aparte de homenajear a Galdós, rinde tributo a estos autores que escribían escondidos, a estos escritores del bando perdedor que se dejaron las pestañas y la vida rellenando folios, algunos de ellos muy dignos, a destajo. Y es que me alegro de que se hable de ellos, me alegro mucho. Me alegro de que se vayan a reeditar las novelas de El Coyote y de que haya otros sellos interesados en recuperar algunas de estas novelas con las que millones de personas se aficionaron a la lectura en una época en la que no era fácil encontrar una librería y en la que no siempre se tenía dinero para comprar libros.
Porque el homenaje que José María Merino rinde en su nueva novela a los autores de estas novelas populares me ha recordado algo que ya he dicho muchas veces desde este micrófono: que lo importante es que la gente lea, y que no hay que avergonzarse por disfrutar con los libros que están hechos precisamente para eso, para que lo pasemos bien. A mí no me da vergüenza decir que aprendí a leer con los tebeos de El Guerrero del Antifaz aunque luego, de mayor, algún enterado haya venido a contarme que el héroe de mi infancia no era más que un personaje plano de un cómic reaccionario. Pero hombre, si para mí siempre fue un tebeo, no un cómic, y qué iba yo a saber, con seis años, lo que significaba la palabra reaccionario.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2003

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