El tamaño sí importa

Estas últimas semanas, y las que se avecinan, todo el país estará lleno de Ferias. Y no me refiero sólo a las fiestas locales que abundan en primavera, sino a otras ferias que por suerte cada vez duran más y son tan abundantes a pesar de que muchos agoreros pronostiquen el fin de las páginas impresas por culpa de la televisión, los videojuegos, o esos engendros técnicos que los modernos llaman libros electrónicos, e-books. Eso.
Ahora que muchas ciudades andan festejando Ferias donde los libros pueden comprarse con un 10 % de descuento, donde la gente puede elegir sus futuras lecturas entre millones de ejemplares y donde puede ver de cerca, tocar, estrechar la mano o comentar la obra de un autor al que admiren, no estaría mal hablar de la corta vida de los libros en los escaparates, del sometimiento de la cultura a las estrictas y salvajes leyes del mercado, como si los libros fueran ropa o fruta de temporada, convendría hablar de la lucha salvaje, casi fratricida, entre editoriales y autores por un hueco en las mesas de novedades de las librerías, el diseño de las portadas estudiado meticulosamente para llamar la atención de quienes compramos libros. Cómprame, parece que dicen algunos. Incómodamente envueltos en plástico unos, como la fruta en las grandes superficies: a nadie que le apasionen los libros, y no me refiero sólo al acto de leer, sino al libro como objeto único, le gustan esas novelas envueltas en plástico, esos libros cuyas páginas no podemos oler -ningún libro huele igual- ni tocar, como tampoco podemos leer esa primera, fundamental, esa mágica primera frase que tal vez nos anime a que lo compremos y nos sentemos a leerlo de un tirón.
Últimamente se da un fenómeno curioso en la lucha sin cuartel de las editoriales: me refiero al tamaño de algunos libros. Algunas novedades son tan grandes, tan pesadas que un lector al sostenerlo -con las dos manos- acaba teniendo la sensación de estar entrenando sus músculos para una competición. Este tamaño exagerado de algunos libros, tiene la ventaja de que nos ahorremos la cuota del gimnasio, pero su fin último es abrirse hueco en la mesa de las novedades, dar codazos a los otros libros, hasta hacerlos desaparecer quizá. Porque en el mundo de la Cultura, aunque parezca lo contrario, el tamaño sí importa. Importa lo gruesas que son las novelas, sobre todo para justificar un precio exagerado, importan las listas de ventas, el número de ediciones agotadas, los premios obtenidos. Todo se reduce a números, todo es pues cuestión de tamaño, de, por qué no decirlo, competición. Uno no tiene más que fijarse en el acto, no sé si inocente o práctico, pero sin duda muchas veces cruel de sentar a un autor al lado de otro en un Feria del Libro: no pasa nada si los dos firman ejemplares, o acaso si no firman ninguno. Pero no es infrecuente encontrarse, al mirar la fila que forman los lectores de un autor con ventas estratosféricas, un escritor solitario que procura mirar para otro lado, que sonríe como por compromiso, un autor al que la mañana o la tarde se le hace eterna porque apenas ha inmortalizado media docena de rúbricas. Al final, como digo, siempre es cuestión de tamaño, y no es de extrañar que algunos escritores miren de soslayo las casetas contiguas de la Feria del Libro donde sus colegas firman ejemplares, que miren y que se pregunten, sin rubor, como si la Feria del libro los retrotrayese a la más tierna adolescencia, quién, de todos los escritores, tiene la cola más larga.

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2003

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