Eutanasia

Ya ves, Cristóbal, ha vuelto a pasar, y el caso es que pasa de vez en cuando. No me refiero al escándalo de la filatelia, que eso lo dejaremos para otra separata, un día que me apetezca hablar de estafadores, de sinvergüenzas o de piratas, sino que estoy hablando de Jorge León, que aunque no se ha hecho tan famoso como Ramón Sampedro, también ha tenido que acabar con su vida a escondidas, urdiendo una telaraña que emborrone el nombre de la persona que le ha ayudado a terminar con todo. Y es que, nos guste o no, lo cierto es que hay mucha gente que vive amarrada a un cuerpo del que no puede desprendese porque sus músculos no le obedecen, y no me cabe duda de que el dra-ma es mucho más intenso que las historias que nos han contado en el cine Alejandro Amenábar o Clint Eastwood. Yo, qué quieres que te diga, te voy a decir la verdad, aunque no le guste a muchos oyentes: a mí me parece muy triste que una persona, en pleno uso de sus facultades mentales, no pueda decidir por ella misma lo que quiere hacer con su vida, que haya un montón de gente, cuya opi-nión respeto pero no comparto, que tengan que juzgar a nadie porque haya decidido largarse al otro mundo, sin hacer daño a nadie más que a él mismo. Debe de ser una decisión difícil, Cristóbal, tal vez la más difícil de todas, y si yo estuviera atado a una silla de ruedas para siempre, sin poder mover siquiera las manos, me gustaría que alguien pudiera ayudarme a despedirme en paz, un amigo, tal vez mi último amigo, quisiera tener la oportunidad de largarme en silencio, de puntillas, sin molestar a nadie, pero también sin que los prejuicios de nadie me dicten lo que quiero hacer con mi vida. Ya sé que es duro, Cristóbal, pero nadie debería poder decidir sobre la voluntad de otra persona, que debería ser absolutamente legítima mientras que, como te decía hace un momento, no haga daño más que a sí mismo. Así que, bueno, cuando empecé a escribir esta separata había pensado que, después de decir lo que quería lo mejor sería pedir perdón a las personas que pudieran ofenderse por mi opi-nión, porque pienso que quien quiera morirse dignamente debería tener todo el derecho a hacerlo sin que nadie haga otra cosa que mirar para otro lado con respeto y meterse en sus cosas. Pero, ¿sabes, Cristóbal?: no voy a pedir perdón por algo en lo que creo firmemente, y mi intención no es ofender a nadie, sino aportar algo, aunque sea un minúsculo grano de arena, para que la Ley reconozca de una vez lo que debería ser un derecho de todos, para que, si llega el caso, alguien pueda desenchufarme para poder largarme en paz.

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2006


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