El socorrido lenguaje

 Querido Cristóbal: la verdad es que esto del lenguaje es la mar de socorrido. Y cuando digo esto no me refiero a que una gran parte de mi trabajo tenga que ver con el manejo de esta lengua tan hermosa con la que nos comunicamos, y que todavía se mantiene a pesar de los mensajes de los móviles y las faltas de ortografía con la que algunas veces nos golpean en la cara los titulares de los periódicos. En fin, que esto tener soltura a la hora de hablar, quería decirte, es la mar de socorrido cuando uno quiere sacudirse las pulgas, escaquearse o endosarle el muerto a otro, vaya. En esto, tenemos que reconocer, querido amigo, que los políticos nos llevan ventaja. Yo no sé si ese talento ―el de usar el lenguaje para escurrir el bulto― lo van adquiriendo los políticos al mismo tiempo que se van acomodando al cargo o es que les viene de fábrica y ya de pequeñitos eran esos niños que en el recreo siempre estaban dispuesto a señalar a otro cuando se rompía un cristal o un balón perdido se estrellaba en la cara de un compañero. Quiero decirte que supongo que un político es de los que en el colegio, después de haber roto una farola de una pedrada, decía que la culpa había sido de una piedra perdida. Claro está: ciertas cosas es mejor haberlas aprendido desde pequeñito, así, cuando se es mayor y ocupa el despacho de un ministerio, por ejemplo, no se sonroja uno al pronunciar eufemismos como guerra preventiva o daños colaterales. Pero peor que estos maestros de los eufemismos, Cristóbal, me parecen los que usan la primera persona del plural cuando lo que deberían hacer es usar la primera persona del singular o callarse. Como con los eufemismos, sucede mucho en las tragedias, en las desgracias, Cristóbal, en los que además usar el nosotros en lugar del yo, se intenta diluir la culpa en un grupo más o menos abstracto de personas o instituciones. “No hemos podido arreglar todavía el asunto de los ataques a la población civil en el Líbano”. “La comunidad internacional está muy preocupada por lo que está pasando”. “Aún no sabemos qué hacer con los pobres náufragos que están muriendo de hambre y de pena frente a la costa de Malta”. Me da mucha rabia, Cristóbal, me da mucha rabia y no me puedo callar, que cada vez que pasa algo nadie se quiera hacer cargo, nadie parece ser responsable. Muchas reuniones, muchos ministros, muchos viajes, muchas corbatas y muchos guardaespaldas para hacerse la foto o salir en el telediario, pero la verdad es que, mientras se ponen de acuerdo, si es que se ponen, al final los que sufren son los mismos de siempre. Los mismos pobres de siempre. Me gustaría saber que piensan los que se están muriendo en el Líbano, los inmigrantes a los que un barco español ha recogido en el Meditarráneo ―esos o los que estén por venir: me da igual― qué piensan de tantos malditos eufemismos insultantes y tantas palabras vacías que sólo sirven para marear la perdiz.
  Andrés Pérez Domínguez, julio de 2006


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