El siglo XXI

Pues ya ves, querido Cristóbal: el lunes, cuando se cumplió el quinto aniversario de lo de las Torres Gemelas, de pronto me acordé de cuando de niño mi madre me hablaba del día que mataron a Kennedy. Me contaba mi madre que se acordaba perfectamente de lo que estaba haciendo aquel 23 de noviembre de 1963 cuando una bala reventó la cabeza de uno de los presidentes más carismáticos de toda la Historia de Estados Unidos. Con el tiempo, Cristóbal, descubrí que no sólo mi madre, sino que mucha gente también se acordaba de lo que estaba haciendo el día de la muerte de John Fitzgerald Kennedy, de lo que hacía en el preciso instante tal vez. Y es que quizá aquel día, Cristóbal, hace ya cuarenta y tres años, fue como si el mundo, la gente, de pronto hubiera perdido la inocencia.
Pensamos, querido amigo, y lo pensamos de una manera equivocada, que lo tenemos todo bajo control, que si el sol se levanta cada mañana y el otoño sucede al verano y a aquél lo sigue el invierno nada podrá hacernos daño, que mientras las semanas empiecen los lunes y terminen los domingos o dividamos el tiempo a nuestro antojo ―en horas, en meses, en décadas, en siglos―, nada podrá perturbar nuestra tranquilidad, la comodidad o las ventajas que el hombre ha conseguido desde que hoya la faz de la Tierra. Pero no hay más que echar un vistazo atrás, hugar un poco en el siglo XX para darse cuenta de que basta un soplo de aire para arrebatarnos todo lo bueno que tenemos. Supongo que hasta finales de junio de 1914, cuando dos estudiante bosnios asesinaron al archiduque Francisco Fernando de Austria y a su esposa en Sarajevo y empezó la Primera Guerra Mundial, la gente no se dio cuenta de que el siglo XIX había quedado atrás para siempre. Pero no hay que irse tan lejos, Cristóbal, ni en el tiempo ni en el espacio. Fíjate: los años setenta no terminaron en España cuando lo marcó el calendario, sino tal vez cuando Tejero entró por las bravas en el parlamento y se puso a dar tiros al techo, y el siglo XXI, por desgracia, no empezó después de una agotadora fiesta de noche-vieja, con matasuegras y confeti, sino cuando todos vimos las torres gemelas de-rrumbarse por televisión.
Y el caso, querido amigo, es que yo también me acuerdo de lo que estaba haciendo aquel martes de final de verano de hace cinco años. Iba conduciendo para pasar la tarde en la playa, pero al final no conseguí apartar los ojos en todo el día de una pantalla de televisión, perplejo, resistiéndome a aceptar, que ya habíamos entrado en el siglo XXI, de un plumazo, y que ya nada volvería a ser como antes.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2006


Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

François Cluzet