Gilipolleces navideñas

Mira, Cristóbal. Te juro que había escrito otra separata. De ver-dad, y que cuando me enteré de la noticia el otro día me eché el freno y me dije: déjalo, Andrés, si al final nadie te va a hacer caso. Pero aquí me tienes, querido amigo, faltando a mi palabra, levantando la voz porque en un colegio de Zaragoza han prohibido la Navidad, y lo peor es que, una vez que se ha abierto la caja de Pandora de la estupidez, resulta que hay más de un colegio en España que también tiene intención de hacer lo mismo. Como te he dicho alguna vez, querido amigo, hay veces que la separata te la dan escrita, que te sientas delante del ordenador y los dedos vuelan tan deprisa sobre el teclado que casi no tienes que pensar lo que vas escribir para leerlo luego delante del micrófono.
amos a ver, hombre, que me hierve la sangre: yo he estudiado en un colegio de curas, no voy a misa desde que hice la primera Comunión y sólo visito las iglesias por una cuestión de placer artístico, pero suprimir la Navidad en un colegio es, con todas las letras, la gilipollez más grande que escuchado en mucho tiempo. Desde este micrófono me has escuchado quejarme de los adornos navideños de los grandes alma-cenes, que nos castigan cada vez más pronto, cuando todavía casi es-tamos en verano, pero, mira, resultan que a pesar de no practicar el ca-tolicismo me gustan los árboles de Navidad, los portales de Belén y los mensajes de felicitación el día de Nochebuena, y con pocas cosas disfruto más que al sentarme en Nochebuena con mis padres y con mis sobrinos, con mi gente, y pocos momentos hay tan felices como ayudar a un crío a escribir la carta a los Reyes Magos.
La Navidad es de los niños, querido Cristóbal, cómo vamos a ser tan ignorantes para quitarles eso. Por no querer ofender a nadie que no sea católico nos estamos convirtiendo en el colmo de la estupidez. Me parece todo esto una carrera para ser más moderno, más progresista, y lo único que vamos a conseguir es que nos den el premio al tontolhaba del año. Y, mira, ya que me he puesto, aprovecho: qué pena que a ninguno de esos listos que se les ha ocurrido la inteligente idea de suprimir la Navidad no haya protestado contra esos payasos ―y que me perdonen quienes trabajan en el circo― que se visten de brujas y de fantasmas para celebrar esa fiesta tan moderna de Halloween. Venga ya, hombre.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2006

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