Los antitaurinos

 Querido Cristóbal: como sabes, a mí ni el fervor religioso, ni las procesiones, ni siquiera los farolillos de la Feria me encienden el alma, pero hoy voy a romper una lanza a favor de los toros, fíjate, de las corridas. Ya sabes que el ánimo es un poco revuelto estos días, con la temporada en su punto más alto en la Maestranza y los antitaurinos con pancartas en el Paseo Colón. Que si más Cultura y menos tortura, o algo así. Yo mismo lo vi el viernes pasado. No eran muchos la verdad, y se comportaban con bastante civismo.
 Y el caso es que yo voy de vez en cuando a la Maestranza para ver una corrida, Cristóbal, y te aseguro que, desde la primera vez que fui, cada vez que me asomo a la arena de la plaza siento la misma felicidad al ver el albero naranja, el colorido del tendido, la misma emoción al escuchar al toro inmenso, majestuoso, resoplar en mitad de la plaza y un nudo en la garganta cuando suena la música en mitad de una buena faena. Yo no sé si tendrá valor lo que digo, querido amigo, pero sabes muy bien que el que te está hablando ahora mismo es más que crítico con los tópicos que no es posible separar del nombre de Sevilla, y que aunque nací en esta ciudad muchas veces miro a mi alrededor y es como si hubiera nacido en cualquier otra parte porque no me reconozco.
 Pero me gustan los toros, oye, y tampoco tengo que pedir disculpas por ello. Y aunque respeto mucho a quienes no piensan así el movimiento antitaurino me parece un sinsentido. Aunque no queramos reconocerlo no somos tan diferentes a los romanos que acudían al Coliseo a ver a los gladiadores luchar en la arena. La única diferencia es que antes no había televisión y ahora el es-pectáculo puede uno verlo desde el sofá de su casa. En fin, Cristóbal, yo que sé: que a lo mejor a los antitaurinos no les falta razón. Pero ellos se lo pierden.

 © Andrés Pérez Domínguez, abril de 2007
Emitido en Punto Radio el 20 de abril de 2007


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