El otro día hablaba con un buen amigo sobre el paso del
tiempo. Los dos hemos pasado la barrera de los cuarenta y recordábamos lo
cercanas que se nos antojan en el tiempo las cosas de hace veinte años. Lo
inquietante de esto, resolvimos, es que la gente que hace veinte años tenía
nuestra edad ahora anda rondando la jubilación. Quizá haya llegado el momento
de hacer lo que uno ha ido dejando pendiente para más adelante, cuando era muy
joven y el futuro era una inagotable línea invisible. Cosas que se pueden contar
públicamente y cosas que no… Que nadie se me asuste o levante una ceja: no es
ésta una entrada derrotista, sino una reflexión sincera sobre el paso del
tiempo. Uno puede hacer deporte con la misma intensidad o incluso mayor que
hace veinte años, ser un amante tan torpe, tan digno o tan virtuoso después de
los cuarenta como a los veinte, y acaso espera secretamente que sea siempre
así, pero por mucho que quiera no podrá evitar que una mano invisible siga arrancando
las hojas del calendario. Ayer vi una película en la que casi todos los personajes eran ancianos. Arrugas es un documento excepcional sobre la vejez, en dibujos animados. Lo peor no es ir perdiendo la memoria y poco a poco no saber quién eres ni quién viene a visitarte a la residencia, sino perder la dignidad.
No estoy enfermo, le dice Hal Holbrook al joven
empresario del circo en Agua para elefantes.
Sólo soy viejo. A mi amigo y a mí aún nos queda mucho para eso. Media vida. Pero
si como dice el tango veinte años no es nada, cuarenta años más tampoco. Y al final
de arrugas hay una sentencia demoledora: Dedicada a todos, ancianos de hoy, ancianos
de mañana. Quiere decir que todos seremos viejos, antes o después. Y no está mal
recordarlo de vez en cuando.
pues sí, Andrés, ya no tenemos delante la inagotable línea del futuro, estamos encima de ella haciendo equilibrios para no caernos, y así es esto que llamamos la vida. La pena, para los que no creemos en nada, es saber que allí se acaba todo: nos esfumamos con la misma ligereza con la que llegamos, algunos dejando más o menos huella, pero todo termina ahí. No hay más incentivo, tal vez por ello inventaron la religión, para animarnos a seguir luchando...
Hay muchacho y eso lo dices tú ,(que aun estas en los cuarenta )no sabes lo rápido que se pasan (que me lo digan a mi) ,Buenas noches .Últimamente no me das tiempo a comentar .lo cambias rápido ,claro que yo estoy leyendo un libro y se me va el tiempo
¿Lo has pasado bien?, me pregunta, al final de la noche. El bar atestado. Una pareja amable nos ha cedido un hueco en la barra. Sólo quería ofrecer la entrada a quien de verdad pudiera disfrutarlo. Tres horas antes, en el taxi, se parte de la risa cuando le digo, medio en broma, o no tanto, que mi último concierto fue el de Spandau Ballet en Sevilla, en 1987. No pensaba ir al de Joaquín Sabina, pero ella fue el martes y tenía otras dos entradas para hoy. Me cuenta que hará todo lo posible por ir también al del sábado. Me admira su voluntad de pasarlo bien, de disfrutar. Me admiran sus ganas de vivir. Sobre todo, confiesa, me va gustar el concierto de hoy porque espero que te guste mucho a ti. Pero no quiero que se sienta como la anfitriona de una fiesta, preocupada porque sus invitados lo pasen bien antes que por disfrutar ella misma. Cruzamos la Puerta del Príncipe, la misma por la que salen a hombros los toreros, y ya tengo los vellos de punta. Nos equivocamos de asiento y para ver l...
Se les ha hecho largo el fin de semana porque he estado cuarenta y ocho horas desaparecido. No fue nada del otro mundo, pero lo bastante para estar ocupado. Me llamó un buen amigo y estuvimos charlando un rato; una amiga muy querida me escribió para interesarse por mis huesos tras la caída en las piedras del teatro de Mérida. La tranquilicé, no pasa nada. Hasta tus caídas son literarias, replicó, la muy guasona. También vino alguien que me aprecia a pasar la tarde y estuvimos practicando yoga y hablando y cenando y riendo mucho. Y me llamó otro buen amigo mientras iba (él) camino de la radio. Y más cosas que me callo, claro. No es mal patrimonio ese, joder, los amigos. Por la noche voy antes de que sea tarde y estén dormidos. Hablo con ella un rato, de muchas cosas. Ya está acostada. Se encuentra mucho mejor, pero no tanto como le gustaría, como nos gustaría a todos. Trato de animarla, pero en el fondo es ella quien, con esa forma tan astuta que tiene de hacer las cosas...
Aunque soy combativo por naturaleza y me dejo el pellejo antes de bajar los brazos, a veces me canso. No pasa nada: cierro los ojos, duermo o me encierro en una coraza hasta que vuelvo a salir a pelear. A todo buen boxeador le queda un gran combate dentro, reza una máxima pugilística. Pero a veces me pregunto qué pasará cuando no tenga ganas de pelear, cuando me quede sin fuerzas o ya no merezca la pena. Si hablo de esto con gente de mucha confianza (muy pocas personas, en realidad), suelo decir que me iré a una playa, me desnudaré en la orilla y nadaré mar adentro hasta que me rinda el cansancio. Escribí un cuento hace pocos años donde uno de los personajes hacía justo eso. Los juntaletras acostumbramos a contar las verdades importantes en la ficción. No he publicado esa historia. Todo se andará, espero. Alguna vez, alguna vez tal vez... Pero sé que no será tan fácil. No publicar ese cuento, sino nadar hasta que me fallen las fuerzas, por muy poética que se me antoje esa despedi...
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La pena, para los que no creemos en nada, es saber que allí se acaba todo: nos esfumamos con la misma ligereza con la que llegamos, algunos dejando más o menos huella, pero todo termina ahí.
No hay más incentivo, tal vez por ello inventaron la religión, para animarnos a seguir luchando...