Un viejo dibujo
Aprovecho la mañana del domingo postcumpleañero para ordenar
las estanterías. O al menos intentarlo. Los libros nunca son demasiados, pero
tengo tantos que están repartidos por varias habitaciones, papeles que se
multiplican como en un milagro bíblico, cajas que al abrirlas parecen la
chistera de un mago porque de su interior brotan objetos que creía perdidos
para siempre. En plena faena me he reencontrado con un viejo cuaderno de
apuntes de filosofía, de 1986, cuando estudiaba tercero de BUP. Más que ver mi
letra y mis notas de hace veintisiete años me ha hecho ilusión encontrarme con
el dibujo de la portada. Cuando estaba en el instituto acostumbraba a decorar los
cuadernos con mis propios dibujos. No puedo estar seguro, pero creo que éste lo
copié de una historieta de Torpedo,
aquel personaje dibujado por Jordi Bernet que me gustaba tanto. O quizá no sea
un personaje de las historias de Torpedo,
pero tiene ese estilo. Hace mucho que no dibujo, salvo en las dedicatorias de
mis libros, y sonreía esta mañana al ver la cubierta del cuaderno. Sigo
sonriendo ahora, al final del día. No se me daba mal dibujar, y durante buena
parte de mi adolescencia fantaseé con la idea de alguna vez ser dibujante
profesional. Quizá entonces ser dibujante era tan descabellado o tan raro como
pensar en dedicarme a escribir novelas. Pero decía que me reía esta mañana al
ver el dibujo que ilustra este post. Resulta
evidente que hace tantos años ya tenía debilidad por los tipos valientes de otra época que
llevan sombrero, fuman con la misma naturalidad con la que respiran y procuran
no tener muy lejos una botella que les alivie las penas, además de una pistola, por si
las moscas. Quizá mis queridos Gordon Pinner, Miguel Carmona, Artemio Corona,
Rafael Montalbán, Frida Klein, Robert Bishop, el capitán Martín Navarro, Erika
Walter, Gregorio León y todos los que vendrán en el futuro ya estaban ahí
aunque yo aún no lo supiera.
©
Andrés Pérez Domínguez, julio de 2013
Comentarios