El síndrome del por si acaso
Qué queréis que os diga: no me sorprende que
un pipiolo como el pequeño Nicolás haya estafado a más de un incauto. El otro
día un psicólogo apuntaba que la razón por la que algunos han sucumbido a sus encantos
es el “síndrome del por si acaso”, que no sé si está catalogado en algún
vademécum, pero debería. Los ingenuos que han abierto las puertas de sus
despachos, por si acaso, al remedo cutre de Frank Abagnale, ahora estarán preguntándose
cómo me ha podido pasar esto a mí. Pero no sorprende, digo, que un chaval con
la cara de hormigón se haya sabido mover entre las tuberías del poder para
convencer a ciertos desesperados de su capacidad para deshacer entuertos
administrativos y, de paso, salvar a España y ganarse un dinerillo. Pasa a
menudo, vaya. Mirad a vuestro alrededor. Seguro que enseguida se os viene a la
cabeza algún conocido que sólo vende humo, pero muy bien vendido, hay que reconocerlo.
A mí se me ocurren unos cuantos nombres, pero me los reservo.
Lo de Francisco
Nicolás me hace hasta gracia. No creo que tenga ningún desequilibrio ni
trastorno: sólo es un caradura que en el fondo de su alma adolescente se está
partiendo de risa; una estrella en ciernes que no sé durante cuánto tiempo
brillará. Lo que no me hace gracia ―no me hace gracia y casi me daría pena si
no me aburriese tanto― es el desmesurado interés de los medios de comunicación
en el chaval: programas serios en prime time ansiosos por contar la
vida, y sobre todo sus milagros; periodistas sesudos debatiendo sobre el
imberbe más famoso de España. Tal vez también la guerra de audiencias no sea
más que otra forma de manifestar el “síndrome del por si acaso”: mejor hablemos
del pequeño Nicolás, porque la competencia va a emitir una entrevista con el
chico y la audiencia nos dará la espalda esta noche; démosle cancha, por si
acaso es un colaborador del CNI y la vicepresidenta, aunque ahora no lo quiera
ni lo pueda reconocer, le encargó que se fuera a Barcelona para desenquistar el
asunto del independentismo. En fin. No sé adónde vamos a llegar con el pequeño
Nicolás. Puestos a exagerar, como me da
escalofríos pensar quién ocupará la Moncloa el año que viene, si seguirá el que
está ahora o lo harán Pedro Sánchez o Pablo Iglesias ―a estas alturas ya no sé
de cuál me fío menos― al menos con el pequeño Nicolás tendríamos la diversión
asegurada, y mucho peor que ahora no creo que vayamos a estar.
© Andrés Pérez Domínguez,
noviembre de 2014

Comentarios