Demasiadas series
Hace unas pocas horas, en la
gala de entrega de los premios Emmy se emitió un skecth que ilustra de
una forma muy ajustada lo que me pasa desde hace bastante tiempo: en la breve
pieza, el cómico Andy Samberg termina sintiéndose aislado en una cena porque
todos sus amigos hablan de series que no ha visto y para presentar los Emmy ha
de encerrarse durante un año y verlas todas. Leo que sólo en Estados Unidos se
están preparando más de cuatrocientas series y no sé si me puede la pereza o un
empacho anticipado. Hace poco más de una década contaba los días para que
emitieran los dos episodios semanales de El ala oeste en la 2, lo pasé
en grande con la primera emisión de Hermanos de sangre (dos episodios
semanales también) en AXN, y terminé enganchado irremediablemente a la trama
inverosímil pero hipnótica de Perdidos; también disfruté con las dos o
tres primeras temporadas de Héroes, un verano caí rendido ante la
sutileza narrativa de Mad men y otro me conquistó la ambigüedad de los
personajes de Juego de tronos. Me queda el recuerdo placentero de los
tres episodios de Hatfields & MacCoys, con un inconmensurable Kevin
Costner, o lo que se ha emitido hasta ahora de House of cards (aunque la
tercera temporada ya empezaba a desbarrar) o la singular The Nick, pero
no conseguí terminar de ver The Pacific (que seguía la estela de Hermanos
de Sangre), ni la simpática Masters of sex, y aunque algún amigo ha
estado a punto de retirarme la palabra por esto, y la amenaza sigue pendiente
hasta que le dé otra oportunidad, por más que lo he intentado no he podido empatizar
con los personajes de la multipremiada Breaking bad.
Ayer Jon Hamm consiguió
llevarse a casa el premio Emmy por la interpretación del irrepetible Don
Drapper. Ya era hora. Me da el pálpito de que no sólo se acaba Mad men,
sino también una época. Es fantástico que a los espectadores les gusten las
series, pero son muchas en liza. Tantas que uno acaba mareado para estar al
día, y la vida es muy corta. Hay tantas cosas que hacer y demasiadas series
para ver. De todas los títulos que he nombrado, si tuviera que quedarme con uno
sería Mad men. Creo que sobró la última temporada, pero casi cualquier
episodio de todas las demás merece que al final te levantes del sofá para
aplaudir. Caigo rendido cuando una historia en la que no hay acción ni tiros ni
suspense te mantiene pegado a la tele, sin contar que más de una vez me he quedado reflexionando al final de un episodio como ante un espléndido test de
Roschar.
Ahora ya sólo queda Juego de
Tronos. Cuando termine la serie de los dragones, apaguemos la tele y, como
diría el maestro Reverte, que el diablo nos lleve a todos.
© Andrés Pérez Domínguez,
septiembre de 2015


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