La jubilación de los escritores
Vaya por
delante que nadie nos obliga a escribir. Que lo de inventar historias o pergeñar
poemas es un ejercicio voluntario y el sueño de llegar a vivir del oficio
resulta tan legítimo como quimérico. Sospecho que la mayoría de
la gente no sabe de lo azaroso de este trabajo, de la incertidumbre que
acompaña al creador cuando se sienta a imaginar historias, mientras las escribe,
durante meses, años; cuando espera el fallo de algún premio que tal vez
le cambie la vida o la respuesta de un editor que apueste por él y quizá nunca
lo llame; el gusanillo angustioso de no saber si a los lectores, si
tiene la fortuna de contar con lectores, les gustará su trabajo y comprarán su
próximo libro; los meses, años también, que pasan hasta recibir la primera liquidación
del editor, (un jeroglífico que suele aparecer con saldo negativo) y
la duda constante de si merece la pena tanto esfuerzo. Ya digo: nadie nos
obliga a escribir, y no hay duda de que la nuestra es una profesión prescindible,
pero con honda tristeza me entero de que varios autores a los
que les ha llegado la edad de la jubilación han de decidir entre cobrar
la pensión o dejar de escribir. Parece que si uno recibe más de 9.000 euros
al año por derechos de autor habrá de elegir. La medida no sólo afecta a
las obras nuevas, sino a cualquier libro publicado hace décadas que le reporte algún ingreso. Si además tiene la suerte de que lo llamen para dar una charla, lo mismo. La pensión o la Literatura,
vaya. Alguien dirá que pasa en todas las profesiones y que la de escritor
no tiene por qué gozar de ningún privilegio. Pero es que ni el más acertado de
los adivinos se aventuraría a garantizar a un escritor que va a
tener ingresos y, como no seas un autor superventas (me sobran dedos de
una mano para contarlos en España), no puedes arriesgarte a dejar de
percibir la jubilación esperando un dinero que nunca llegará. Me
pongo a pensar en cuántos escritores a los que leo y admiro están en edad
de jubilación o a punto de llegar y me dan escalofríos que se planteen
dejar de escribir cuando tal vez tengan por delante lo mejor de sus carreras
porque los pocos, o los muchos, royalties de las ventas de sus libros les
impedirán la seguridad de una jubilación que merecen. Javier Marías y Arturo
Pérez-Reverte cumplen sesenta y cinco años en 2016; Antonio Muñoz
Molina llegó a los sesenta hace poco. No dudo que los tres pueden vivir
sobradamente de los ingresos de sus libros y prescindir de la jubilación
sin despeinarse, pero imaginemos, imaginen sus lectores, por un instante,
que cualquiera de ellos tuviera que renunciar a escribir para poder comer. Qué
pena. Cuántos años buenos que les quedan por delante nos perderíamos. Y cuántos escritores excelentes y con menos lectores que ellos no podrán regalarnos más su talento por culpa de una norma injusta y cegata.
No soy
dado a firmar peticiones ni a pedir que otros las firmen, pero ésta merece la pena. A ver si los que mandan se enteran de cuánto podemos perder por este sinsentido.
© Andrés Pérez Domínguez, enero
de 2016

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