Big time: la gran vida de Perico Vidal
Desde que tengo memoria compro libros aunque sepa que no los voy a
leer inmediatamente. Los libros,
cada vez más, igual que la ropa pasan de moda y son sustituidos por otros para
que los escaparates y las mesas de novedades luzcan siempre lo último, y vuelta
a empezar. Los compro porque me interesan, porque me han llamado la atención y
también, a veces, por capricho. El libro
que acabo de terminar lo compré hace un par de años, cuando buscaba alguna información sobre Frank Sinatra para una
historia que tengo en la cabeza y no sé si escribiré. Había ocupado su sitio en
la parte de la estantería, cada vez más abarrotada, donde están los libros pendientes
de lectura. Corregí una novela, terminé otra y también la corregí, hubo muchas
lecturas, viajes y experiencias vividas entre tanto, hasta que hace un par de
días, justo al acabar de leer un libro y devolverlo a su sitio, y cuando ya
había elegido otro para empezar, me encontré pasando el índice por el lomo de Big
time: la gran vida de Perico Vidal.
Hace tiempo, mi querido Óscar Oliveira
me había contado que se lo leyó en un día. Le dije que lo tenía pendiente. A mí
me ha durado apenas dos noches de insomnio.
Es la crónica de un mundo que ya no existe. Los recuerdos de un hombre que
trabajó en el cine durante una época irrepetible y fue amigo de Orson Welles, Frank Sinatra, David Lean,
Robert Mitchum o Ava Gardner. Me pierden las novelas contadas con tanta naturalidad
que parecen reales y me chiflan los ensayos
que te atrapan igual que una buena novela. El libro de Marcos Ordóñez sobre Perico
Vidal es una delicia. Y me quedo corto.
Yo antes no había oído hablar de
este hombre tan singular, pero me gustaría haberlo conocido, envidiarlo por
haber sido parte de un mundo mágico que desapareció, el de los hombres de Hollywood que vinieron a España para rodar
Lawrence
de Arabia y El doctor Zhivago; por haber viajado a casa de Marlon Brando para convencerlo de que
protagonizara La hija de Ryan; por haber recibido el cariño y disfrutar de la
generosidad de David Lean; por haberse
ido de juerga con Ava Gardner y
haber conocido Las Vegas de la mano
de Frank Sinatra y quizá, sobre
todo, por haber visto a la estrella una noche durante el rodaje de Orgullo
y pasión cantar al teléfono y tocar el piano durante dos horas, bebiendo
sin parar hasta que la actriz se presentó en El Escorial con un abrigo de
visón blanco, sin nada debajo, y
se lo llevó con ella.
Andrés Pérez Domínguez, abril de 2016


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