Borrar la sonrisa
Si se
te instala una sonrisa en la cara que nadie será capaz de borrar, merece la
pena, ya lo creo, recorrer algo más de doscientos kilómetros de ida y
otros tantos de vuelta para ir a ver una obra de teatro. No siempre tienes
la oportunidad de sentarte en las mismas piedras de las gradas de un teatro donde hace dos mil años se sentaron otros espectadores, como tú,
y tal vez también emocionados cuando flameaban las luces de las antorchas antes
de empezar la función. Hay cosas que por estar tan al alcance de la mano
corremos el riesgo de no darnos cuenta del privilegio que supone disfrutarlas. Alejandro
Magno, que se representa esta semana en el teatro romano de
Mérida, vale la pena. Eso ya lo he dicho al principio. Pero en un lugar así
la función es lo de menos. Es el marco lo que verdad importa. La sonrisa
imborrable en la cara, como un niño feliz. La emoción es tan intensa que no
te importan los kilómetros recorridos ni los que tendrás que recorrer a la
vuelta, ni el tipo tan grande, tan gordo y tan maleducado
que ha bajado por la grada con la función ya empezada ―seguro que sin
entradas porque alguien lo ha dejado pasar o desde una parte más lejos del
escenario porque ha visto un sitio libre― y se ha encarado con una mujer que lo
estaba mirando. Te alegras de no haberte enterado y de que te lo cuenten en el
viaje de vuelta, porque estabas muy cerca y las tripas te hierven, tanto
que hasta puedes oír las burbujas, cuando de malos modales se trata.
Pero nada puede robarte la sonrisa anoche, decía; nada te puede impedir
aplaudir, de pie, hasta que te duelen las manos, no sólo porque Félix Gómez
y sus compañeros de reparto lo han hecho muy bien, sino porque durante dos
horas sentado bajo las estrellas el mundo se ha parado. Es muy tarde cuando
por la radio del coche te enteras de lo que ha pasado en Niza. Qué
frívolo te parece de repente haber disfrutado tanto, ajeno a esa tragedia. Qué
pena que un hijo de puta, o muchos, cualquiera sabe, haya sido capaz de cancelar
tu sonrisa cuando menos te lo esperabas.
© Andrés Pérez Domínguez, julio
de 2016


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