Múnich



    Llego al final de una agenda como quien cierra una etapa. El número de cada página anotado en el margen superior hasta llegar a la última, la 244, y apuro las últimas líneas como si no hubiera otro cuaderno intacto esperándome. Este que clausuro ahora me ha acompañado durante los últimos nueve meses en la soledad de mi despacho o en la de la habitación de un hotel, en la mesa apartada de un bar, en un tren o a bordo de un avión (las salpicaduras de tinta, que tan mala pasada te juega cuando falta presión, lo demuestran en más de una página), en ciudades que conocía y en varias que visitaba por primera vez; palabras que me llamaron la atención y otras cuyo significado habría de buscar más tarde en un diccionario; curiosidades, notas para una novela que tengo empezada y otra de la que aún no he escrito una sola frase; una suerte de diario casi siempre incomprensible salvo para mí, como debe ser; apuntes sobre cosas que he leído, he visto o me han contado; gastos de viajes, entradas de espectáculos o de lugares que visité y guardo buen recuerdo (teatros, restaurantes de Madrid, tarjetas de hoteles a los que siempre querré volver, museos de Rusia y de San Petersburgo). En Moscú, precisamente, cuando apenas llevaba unas pocas páginas de este breviario que ahora se acaba, estaba la noche en la que unos terroristas que invocaban a Alá ametrallaron a los clientes de una discoteca de París. Que el día que otro malnacido ha asesinado a nueve personas en Múnich ―otra de las ciudades de las que conservo hermosos recuerdos― sea el mismo en que llegue a la última página no sé si es casualidad, pero tal vez sí el reflejo de a lo que nos hemos acostumbrado, lo que nos queda por vivir. Quizá el único antídoto para esta sinrazón sea el de seguir viviendo. El de seguir escribiendo.

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2016

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