Premios polémicos
La semana pasada se
fallaron dos premios a los que a menudo acompaña la polémica:
parece que a los suecos les va la marcha y, permitidme el fácil juego de
palabras, Bob Dylan les ha correspondido haciéndose el sueco. Con
el premio Nobel a Bod Dylan tengo sentimientos encontrados: por
una parte, me parece bien que se valore la poesía convertida en canción
y se popularice un galardón que demasiadas veces suele descubrir a un autor ―a menudo por razones políticas o de justicia geográfica― antes que reconocer una carrera; por otro lado, dudo que la dimensión del poeta Bob Dylan fuera la misma sin la muleta imprescindible de la música, y eso resulta injusto para quienes batallan con la única ayuda de la pluma y el papel.
Unos pocos días
después se celebró la gala de otro premio, el Planeta, que
también suele ir acompañado de polémica. He de confesar que nunca había
oído el nombre del finalista ni sabía de su obra, pero sí de Dolores
Redondo, porque lleva vendidos muchos, muchísimos ejemplares, de su trilogía
ambientada en el valle de Baztán. No conozco personalmente a Dolores
Redondo y, aunque la curiosidad no deja de crecer, he de confesar que aún
no he leído ninguno de sus libros. Tiene mucho sentido que una autora
superventas, y que además publica en la casa, pueda acceder a un premio
como éste. No entiendo ni comparto la mala baba que algunos de los colegas
de letras han vertido en las redes sociales estos días sobre la obra
de la escritora premiada y los organizadores del premio. Un premio
que, en muchos casos, y aunque lo nieguen, estarían encantados de ganar.
Escribir es un oficio hermosísimo pero, a poco que uno se descuide, empieza
a compararse con los colegas que venden más y a buscar argumentos que se
reducen solapadamente al tan manido por qué él y no yo (ella, en este
caso). Y, al cabo, las redes sociales son un altavoz de la miseria,
de la amargura que a muchos escritores les provoca el éxito de
los demás.
© Andrés Pérez Domínguez,
octubre de 2016

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