¿Tú qué escribes?
Vaya por delante que
la mayoría de la gente es amable, y que uno ha tenido la suerte de contar con lectores
fieles desde su primera novela, que ni la prensa ni la crítica lo ha
tratado mal y que, además de halagador, pocas cosas resultan más reconfortantes
en este oficio que el entusiasmo de un lector agradecido. Pero he de
confesar que sucede a menudo: cuando alguien te presenta, con buena voluntad
añade pomposamente el calificativo de escritor, y la persona a la que
acabas de conocer se queda mirándote un instante, preguntándose si tu cara o tu
nombre deberían sonarle. Teniendo en cuenta la afición lectora de este
país, se trata de una cuestión estadística: un encuentro casual entre un escritor
y sus lectores es poco menos infrecuente que ganar la lotería. Como
estás acostumbrado al ritual, ya que no has podido escaquearte, te armas con
una sonrisa. Muchas veces, la persona que
te acaban de presentar te pide que repitas el nombre y, como un colegial
que aún no sabe vocalizar, vuelves a decírselo, más despacio, aunque sin mucho
entusiasmo, porque te sabes la conversación de memoria: lo siento, no me suena;
yo es que leo poco, no tengo tiempo, y cuando leo suelen ser cosas relacionadas
con mi trabajo, o cosas de egiptología, o de astrología, o
de temas sevillanos (en Sevilla pasa muchas veces). Pero buscaré tus libros,
añade, ¿dónde puedo encontrarlos? Y entonces entiendes por qué cada día cierran
dos librerías en España: algunos lectores no saben que existen unos
lugares donde los libros se pueden comprar. A veces, si la persona a la
que acabas de conocer no se ha percatado de tu cara de póquer, te pide
que le recites, otra vez como un párvulo, los títulos que has publicado,
pero has decidido que ya tienes
bastante. Ahora que conoces mi nombre puedes buscarme
en Google, le explicas. Ahí está toda la información que necesitas: títulos,
entrevistas en la prensa, tele, radio, reseñas...
Tienes unas cuantas novelas donde escoger. Lo mejor es que lo decidas tú.
El marketing
no es lo mío, vaya. Alguno incluso te lo dice: anda que así vas a vender libros...
Yo es que no los vendo, respondo. Los escribo. Lo más sensato es inventarte una
profesión y, cuando te presenten como escritor a alguien que no tiene
ningún interés en los libros en general y en los tuyos en particular,
mantener la sonrisa y decir que se trata de una broma, que en realidad eres astronauta,
sexador de avestruces, observador paciente de nubes, gigoló
en paro. Y todos contentos.
© Andrés Pérez Domínguez,
octubre de 2016

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