Salvar a Pepe
Los domingos de agosto no son los días más animados si no eres aficionado a
buscar un hueco donde colocar la sombrilla en la playa o a los atascos
kilométricos. Acomodarte en tu sillón favorito para ver una película o releer
las aventuras de los arponeros de Nantucket son opciones tan legítimas y tan
placenteras que más de una vez te preguntas si la vida no es lo que te pasa
entre los libros y las películas o mientras esperas el momento de hacer las
maletas y largarte a un sitio donde, si es posible, no hayas estado nunca.
Caminar también es otro de los placeres veraniegos: una lesión molesta ―¿cuál no lo es?― me impide ir a entrenar estas semanas, pero como no me
puedo estar quieto echo un pie detrás del otro cada día hasta que, como quien
no quiere la cosa, en plan conejito de Duracell, me zampo doce o quince
kilómetros entre olivos, naranjos y terrones abrasados por el calor. Como un
remedo de explorador, me gusta embocar caminos secundarios. Unas veces descubro
atajos inesperados y otras tengo que dar la vuelta al encontrar una cancela oxidada
en la que muere la vereda. Basta hacer senderismo, como dicen los modernos,
para darte cuenta de que es mentira eso de que no se le pueden poner puertas al
campo.
Otra vez vi ayer, en un poste de electricidad y en alguna valla, un triste
recordatorio con la foto de un perro por el que una chica desesperada me
preguntó hace unas pocas semanas. Deseé que lo hubiera encontrado, que los carteles
aún estuvieran allí porque no ha caído una gota en todo el verano, que fueran
inútiles ya. Faltaba poco para terminar la caminata cuando un tipo detuvo su
moto a mi altura. Disculpe, me dijo, ¿no habrá visto usted a mi perro?
Describió a un beagle, pero le conté que un poco antes había visto trotando a
un golden entre los olivos, el mismo que paseaba pocos días antes con una
familia. Seguí mi camino, preocupado por la mala suerte del perrillo y por la
angustia inevitable de su dueño, pero no habían pasado más de dos minutos
cuando vi a un beagle en la carretera, la cabeza erguida en mitad de la
rotonda, desafiando a los coches. Conseguí que se acercara, lo cogí en brazos y volví a caminar en la
misma dirección en la que su dueño había desaparecido. Ya se había hecho de
noche y me detuve, sujetándolo ―no dejaba de mover el rabo, el tío― donde el camino se bifurcaba, atento a los faros de una moto que no
llegaba. Pasó un coche, frenó, el conductor se quedó mirando al perrillo. Era un
vecino. Me contó que se llamaba Pepe ―el perro―, que se escapaba a menudo. Aprovechando que estábamos distraídos Pepe echó
a correr, inalcanzable a pesar de sus patas tan cortas. No te preocupes, me
dijo el recién llegado, se ha metido en su casa. Todavía me quedé unos minutos
allí, a oscuras. Hasta los días más anodinos se resuelven de forma más extraña.
De la forma más inesperada.
© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2018

Comentarios