Un rato cada día


Levantarte muy temprano el primer día de agosto, abrir la puerta y bajar las escaleras descalzo mientras se prepara el primer café de la mañana; percibir un calor sorprendente a esta hora en la ventana del baño de tus vecinos, tan queridos, que no siempre están o a veces eres tú el que te has marchado, y darte cuenta enseguida de que alguien se está duchando. Sonreír porque también madrugan. Incluso oler el jabón, la misma marca que usas tú. Llamar a Mowgli, sin hacer mucho ruido, susurrando casi porque apenas ha amanecido, silbarle bajito hasta que escuchas su inconfundible trote alegre cuando viene a buscarte. Acariciarlo, dejar que se restriegue contra ti para marcarte con su olor. Cerrar los ojos para olerlo a él y retroceder cuarenta años en el tiempo. Como cada mañana, sentarnos los dos a otear el horizonte, el mismo sitio donde dentro de muchas horas aún se podrán ver los últimos rayos del sol cuando haya desaparecido, una hermosa y potente línea naranja, tan lejos. Abrir el cuaderno y escribir un poco, por el puro placer de sentir el contacto de la pluma sobre el papel, la magia del caudal de tinta oscura devenido en palabras. No encender el ordenador, no leer las noticias, no poner la radio, no mirar el móvil. Tener todavía un par de horas por delante para leer antes de salir. O llevarte al perro al campo antes de que apriete el calor. Siempre hay un rato cada día que merece la pena. Que compensa todo lo que vendrá después.


© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2018

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