Corregir el pasado
He corregido durante estas semanas tan complicadas una colección de cuentos que se publicará en primavera. Ha sido raro, porque el más antiguo tiene casi
veinte años. Quién lo diría. La locomotora del tiempo nunca se detiene y antes
o después acaba alcanzándote. Los he revisado antes de mandárselos a mis
editores y, aunque aún he de volver a leerlos y pulirlos en galeradas, tengo la
sensación de haber asistido a un taller de escritura muy personal que me ha
regalado un aprendizaje inesperado. Algo parecido a un viaje en el tiempo que
te permite reparar errores del pasado. No he cambiado la trama de ninguno de
los textos, y alguna de estas historias la tenía tan olvidada ―no acostumbro a releer lo que escribo
cuando lo doy por finiquitado a no ser que vaya a publicarse o reeditarse― que a veces me ha sorprendido felizmente.
Sin embargo era la prosa lo que, a mi juicio, necesitaba una revisión profunda:
tanto que de 44.000 palabras han desaparecido al menos 7.000. Casi un veinte
por ciento, si las matemáticas no me fallan. Nunca he sido un escritor muy dado
a florituras verbales, creo. Me gusta que se me entienda sin tener que
consultar el diccionario cada dos por tres. También, prefiero sugerir antes que
mostrar abiertamente y creo que en la fuerza de la trama y en los personajes es
donde está lo mejor de mi trabajo, si es que hay algo bueno en lo que hago,
claro. Pero esa vieja máxima que aconseja decir mucho con poco debería grabarse
en la primera página de cada manual de escritura. Es tan sencillo como eso. Tan
difícil como eso.
© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2019

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