El fin del invierno
Tranquilos, que no voy a reventar la trama (lo de spoiler se lo dejo a los
modernos). Esta madrugada emiten el último episodio de Juego de Tronos. No soy de los que se da un atracón de series, como me consta que
lo hace mucha gente; a lo sumo un capítulo al día cuando ya se ha emitido la
temporada. Incluso si tengo pendientes de ver varias temporadas de una serie que me gusta, suelo espaciarlas durante
semanas, o meses, incluso a veces me olvido de ellas. En esta última temporada
de Juego
de Tronos no me han dejado: resultaba imposible conectarse a las redes sociales o encender la radio sin que contasen algún detalle del último episodio emitido, con intención
de revelar una sorpresa o sin ella; pero bastaba cualquier comentario para insinuar momentos que estropearían el visionado limpio de prejuicios y de información con
el que me gusta sentarme en mi sillón favorito frente a la tele. Mañana tengo
que pasar el día de entrevista en entrevista. A ver si consigo taparme
los oídos o cambiar de tema cuando alguien inevitablemente hable sobre el final de Juego de Tronos. Con
suerte, con mucha suerte, por la noche habré llegado a casa sin ninguna
información incómoda. Aunque, en realidad, tampoco pasaría nada: a estas
alturas, el final de Juego
de Tronos no es importante. Lo importante ya ha pasado: han sido ocho
años de emoción impagable. No me ha gustado todo, pero me ha gustado casi todo.
Ayer especulaba con unos amigos sobre el final de la serie. Cada uno tenía una
teoría y la defendía con emoción. Hablábamos de los personajes como si fueran
reales, Jon Nieve o Tyrion Lannister se nos antojaban más
cercanos que mucha gente de carne y hueso. Me sigue fascinando, como cuando era
un niño, la forma en que la ficción,
lo que ha salido de la imaginación de alguien, puede calar tan hondo en el corazón de la gente.
© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2019

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