Pseudónimos


Hace trece años me dijo mi agente: “Voy a tener que atarte en corto. Eso, o plantéate firmar algunos libros con pseudónimo”. No sé si hablaba en serio. En 2007 escribí una colección de cuentos y una novela corta. La primera no se publicaría hasta 2009 (en realidad, sólo una parte; la otra en 2019 y ambas fueron seleccionadas como una de las diez mejores colecciones de cuentos publicadas ese año en España) y la segunda en 2015 (aunque ganó un premio en 2009 y un año después los convocantes del mismo lo publicaron en una edición con escaso recorrido). En 2008 publiqué dos novelas (una en enero y otra en septiembre) y en 2009 la primera parte de la colección de cuentos antes referida y otra novela. Como me gusta escribir sigo mi propio ritmo y a menudo los textos se van acumulando en un universo ajeno al negocio editorial. Una parte de ellos (una parte estimable, vaya) se queda para siempre en un cajón. 

Cuento esto porque se ha formado un revuelo divertido y acaso comprensible por la concesión del Premio Planeta a tres escritores que han fabricado a seis manos varias novelas muy vendidas publicadas con el nombre de Carmen Mola. La operación del gigante editorial me parece impecable y aventuro muchas ventas, pero me pregunto qué habría pasado si la primera novela que escribieron juntos los tres guionistas (Jorge DíazAgustín Jiménez Antonio Mercero: felicidades por el premio) la hubiesen firmado con sus nombres en lugar de con el de Carmen Mola. Nunca lo sabremos. No creo que las mujeres escriban mejor que los hombres y tampoco que nosotros escribamos mejor que ellas, pero resulta una obviedad que por cada lector aparecen diez lectoras. Basta una firma de libros o la invitación a un club de lectura para comprobarlo. Hace años a un amigo escritor de pronto los editores dejaron de prestarle atención: no contestaban a sus llamadas y el manuscrito de su última novela 
empezaba a criar telarañas. Entonces se le ocurrió una brillante y perversa idea: lo  volvió a mandar con el nombre de su mujer y el teléfono empezó a sonar. 

Stephen King publicó unos cuantos libros con el alias de Richard Bachman; yo mismo prefiero a John Banville cuando usa el sobrenombre de Benjamin Black; hasta Juan Eslava Galán usó el exótico Nicholas Wilcox.

Ya que no estoy dispuesto a dejarme atar en corto y para no aburrirme tampoco puedo evitar cambiar de registro, tengo que preguntarle a mi agente si aquella vieja idea del pseudónimo iba en serio. Tendré que pensar un nombre nuevo para dar salida a todo lo que escribo. De momento, la célebre aplicación FaceApp me sugiere esta foto para la solapa. 

 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2021 

 

Comentarios

Fesaro ha dicho que…
Algunas veces he preferido a Wilcox en lugar de al sr Eslava-Galán

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