Felicidad impostada
Del verano me gustan muchas cosas, pero, de las que más, las fotos de los famosos en las redes sociales. Sobre todo las de los futbolistas. Entre las muchas ventajas de tocar el balón con soltura se encuentra la de disfrutar las vacaciones antes que la mayoría. Al fin y al cabo, la pretemporada empieza a mitad del verano, o antes. Yates, playas recónditas, coches de lujo, tatuajes, relojes de dudoso gusto y mujeres siliconadas. Pero mejor ser justo: a veces no hay yates ni relojes hortera o mujeres siliconadas (para gustos, colores, por supuesto), pero los balompédicos comparten la misma obsesión que el resto, aunque nunca nos haya tirado mucho el fútbol: me refiero a la obsesión de enseñar a los demás nuestra felicidad.
No basta ser feliz, sino parecerlo. O, peor: lo de menos es ser feliz, lo importante es mostrar a los demás que lo eres. Pero a menudo basta un tinto de verano en un vaso recién sacado del congelador. Un paseo por el campo al amanecer. El primer café del día con el perro sentado al lado, los dos en silencio, mirando el horizonte. Una cena sabrosa, una buena compañía. O estar solo si te da la gana, con la ventana abierta cuando sopla el viento de poniente que a veces trae el olor del mar. Una buena película, dejarte vencer por el sueño con un libraco de mil páginas abierto sobre el pecho. El zumbido del ventilador recordando las noches estivales cuando eras un niño y los veranos eran tan largos que terminabas deseando volver a clase. Momentos impagables que quizá no consigan muchos likes en Instagram. Ni puñetera falta que hace.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2022

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