Saturación
Hace más de veinte años una amiga escritora me regaló una página web. Yo había ganado algunos premios de narrativa breve con cierto lustre y pensó que me resultaría útil para organizar mi biografía y atender a los lectores que, según ella, pronto harían cola para hablar conmigo. Me armé de la mejor sonrisa que fui capaz y le dije que, aunque agradecía mucho su gesto, no deseaba tener una página web. Es la obra la que tiene que hablar por los autores, le expliqué, abrirse camino por sí misma; y el escritor no debe ponerse a pregonar su trabajo para llamar la atención. Puede parecer una tontería, pero entonces no se habían inventado las redes sociales. Unos diez años después de aquel regalo frustrado (espero que no me guarden rencor, todavía, por mi desconsiderado rechazo), un editor me recomendó darme de alta en Facebook. Le hice caso, sin mucho interés ni curiosidad. Pocos meses después publiqué una novela que llegó a muchos lectores y la red social de Mark Zuckerberg resultaba estupenda para atender a los lectores a quienes sin firma o presentación de por medio podía ver. El tristemente desaparecido Fernando Marías se inventó un premio para mí y lo puso en su muro: “Terminator killer autopromoción”, con el subtítulo: “El maestro de los nuevos tiempos que ya están aquí”. Por aquella época contestaba los mensajes privados en mi perfil personal y enviaba dedicatorias personalizadas con mi firma escaneada para las novelas que se iban a regalar en Navidad. Alguien me contó que hasta un profesor en clase me puso como ejemplo del manejo adecuado de las redes sociales para promocionarse. En realidad, todo sucedió de una forma natural, no premeditada. Además, seguía pensando exactamente lo mismo que me llevó a rechazar aquella página web que me regalaron. Supongo que, aunque no quieras, acabas construyendo un personaje virtual que puede no tener mucho que ver contigo.
La forma en que uno se relaciona con los lectores ha cambiado mucho desde que empecé a publicar. Sigo activo en las redes sociales. Cómo podría no hacerlo: si H. G. Wells escribiera hoy El hombre invisible bastaría dar de baja al protagonista en Facebook, Twitter o Instagram para regalarle un barniz de verosimilitud. Pero, por muy quijotesco que parezca, sigo convencido de que lo único que cuenta es la obra, no las fotos tontas que por costumbre, necesidad de llamar la atención o vanidad los escritores colgamos. Perdí el contacto con aquella amiga que me regaló la página web, que sigo sin tener. Me gustaría decirle que ahora me parece la forma más adecuada de mantener una ventana abierta al mundo.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2022
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