Qué buen perro nos regalaste
Hace un cuarto de siglo estaba al frente de un negocio familiar. Como no me gustaba lo que hacía y quería cambiar de vida, durante mucho tiempo estuve escribiendo de seis a ocho de la mañana o de tres a cuatro de la tarde, las únicas horas que el horario comercial me permitía. En esa estrecha franja nacieron muchos de los cuentos que me llevaron a ganar los primeros premios y también La clave Pinner. Fue una etapa muy difícil, pero la recuerdo con cariño.
Los premios literarios empezaron a llamar la atención de los medios. Salí varias veces en la prensa, me entrevistaron en la radio. Un chaval que trabajaba para nosotros ―y acabó comprándonos el negocio que todavía dirige con creciente prosperidad―me contó que le enseñó a un cliente un periódico donde entrevistaban al joven escritor, estuvieron hablando de mí y el cliente le dijo que quería conocerme. Es la primera vez que veo a un empleado hablar bien de su jefe, me confesaría Miguel más tarde. Pero como soy misántropo y desconfiado a partes iguales, no hice mucho caso a la propuesta. Cuando la gente se me acerca porque les parezco una celebridad tiendo a huir en dirección contraria. Esa vez, como tantas otras, me equivoqué. Además de inspector de policía, Miguel era periodista. Ya no lo recuerdo, pero seguro que me pidió algo mío para leer y se lo dejé. Habló con alguien que después habló con alguien y acabé escribiendo una columna semanal en un periódico. Me presentó a varios amigos. Se empeñó en tirar abajo puertas a las que yo no me habría atrevido a llamar. Me hizo hueco para escribir en una revista que dirigía y uno de esos artículos me procuró el único premio periodístico que he ganado en mi vida. Cuánta ilusión me hizo. Muchos años después, cuando le conté que pretendía escribir una novela policíaca movió todos los hilos a su alcance para que yo pudiera acceder a muchos lugares vetados a los mortales ajenos a la policía. Me presentó a varios compañeros, me acompañó a la Jefatura Superior de Andalucía Occidental. Cuando le dediqué Los dioses cansados aseguró, ruborizado, que no se lo merecía. En otra ocasión se enfadó porque, después de ahorrarme un buen pico gracias a un recurso que escribió, le regalé un jamón.
Miguel es de esos tipos cuya foto debería ilustrar la foto en la wikipedia al teclear “buena persona” y en cuya casa te gustaría ser adoptado. No soy de los que dicen la palabra “amigo” a la ligera, pero Miguel y yo con los años nos hemos hecho muy buenos amigos. Es como el hermano mayor que nunca tuve. Si la Administración te quiere cobrar una tasa abusiva, Miguel escribe un recurso y te acompaña al ayuntamiento, o a donde haga falta, para solucionarlo. Aparte de tener un corazón que no le cabe en el pecho, es uno de esos tipos capaces de construir él solo un centro comercial usando como herramienta un cortaúñas. Un día vas a su casa y te enseña el nuevo cuarto de baño que ha levantado con sus propias manos; otro día la ampliación del salón ganándole unos metros al porche, o la casa que ha erigido en el jardín para cuando vayan sus hijos de visita; o la furgoneta en la que ha montado una cocina y un aseo —hasta ducha tiene- para irse de viaje con su mujer y con su hija. Cristina es tan buena cocinera que, cuando me invitan a comer en su casa yo, que procuro ser frugal porque me gusta cuidarme, ese día no desayuno para no perderme nada. La primera vez que vi a Alba, su hija pequeña, todavía no andaba. Ahora es una aplicada estudiante de Derecho. Conociendo a sus padres (de tal palo, ya sabéis) sé que no podrá sino irle bien en la vida.
Cuando a mi perro empezaron a ponerle ojitos las vecinas (es lo que tiene ser guapo) le ofrecí a Miguel el único macho de la camada. Habían perdido a una perra poco antes y me dijo que no. Pero como soy optimista (aunque sea un optimista con los pies en la tierra o un pesimista positivo, como dice mi apreciado Antonio Manfredi), esperé un poco antes de buscarle otra casa al cachorro. No quise hacer negocio con los perrillos: prefería regalárselos a gente que los fuera a cuidar bien y tuvieran espacio suficiente para correr en libertad. Al día siguiente Miguel me preguntó si todavía estaba disponible el cachorrillo. ¡Cómo no iba a estarlo si no se me ocurría un sitio mejor para él! En primavera hizo cinco años. Un puñetero linfoma se ha llevado a Dobby hace poco. Acompañé a Miguel y al perro al veterinario, me ofrecí para cualquier cosa que necesitasen, pero no pudo salvarse. No se lo he dicho a Miguel, pero me sentí culpable por haberlo convencido de que se quedara con el perro. No soporto ver sufrir a nadie, mucho menos a un amigo y a su perro. Pero también sé que Dobby ha vivido cinco años de felicidad impagable y ellos también.
Doy a muy poca gente los originales de mis libros antes de que se publiquen. No me gusta molestar ni que nadie se sienta en la obligación de leerme. Un libro publicado es un regalo, un manuscrito parece una obligación. Pero Miguel es de los amigos que insisten. Y sé que lo hace de verdad. Leyó el manuscrito de La bailarina de San Petersburgo en un día. Esta semana he llevado mi nueva colección de cuentos a encuadernar. Como no sé cuándo se publicará (con la narrativa breve todo es más complicado) le mandé un mensaje para decirle que le iba a regalar un ejemplar. Me recordó su dirección, me aseguró que era un honor. Pero añadió algo que me dejó tumbado: “Qué buen perro nos regalaste”.
© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2022
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