Fondo de armario

 

Ayer abrí los armarios y saqué la ropa que no uso para regalarla. Además de enriquecedor, el momento Marie Kondo resulta liberador. Quien se la llevó le va a dar muy buen uso, seguro. Tengo camisas de sobra y demasiadas veces siento que los roperos no tienen fondo.

Al guardar las prendas sobrantes me acordé de que hace pocos días otra persona me dijo que como ahora por fin empezaba a cambiar el tiempo yo empezaría a tirar de mi fondo de armario. Aunque no resulta meritorio porque me conoce, no le faltaba razón. Ciertas dosis de elegancia nunca están de más, ni en la vestimenta ni en la vida, y entre las muchas cosas buenas que traen los chafarrinones grises en el cielo otoñal están los pantalones largos, el exilio de las sandalias, las camisas planchadas y dormir de un tirón varias horas seguidas, con suerte toda la noche. Los insomnes conocemos las ventajas. 

Al escribir conviene evitar los lugares comunes: frases hechas, expresiones gastadas de tanto usarse, vicios lingüísticos que sugieren pereza mental. Pero como a menudo las reglas están para romperlas pensaba esta mañana en el fondo de armario. En el literal, donde guardo la ropa, y en el metafórico, aunque al escribirlo me pregunto si no será tan real como el otro. Contar con un fondo de armario, y ahora no hablo del lugar donde cuelgo las camisas, resulta muy reconfortante: lo vivido, lo aprendido, los libros leídos, los buenos amigos, la gente que te quiere. Cuando sopla el viento en contra no faltan asideros donde agarrarse. Mejor que el huracán no te pille a la intemperie.

 

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2022

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