Sufre mamón, la nueva Inquisición


 

Hace tiempo leí que quizá hubiera una segunda parte de Demolition man. Me gustaba la idea porque la primera es una película estupenda. Permitidme un breve resumen para los nuevos cinéfilos que no la conozcan: el policía John Spartan, interpretado por Sylvester Stallone, y el malvado Simon Phoenix, un emergente Wesley Snipes, son criogenizados en 1996. En el año 2032 el villano se escapa y como la policía del futuro tiene la misma capacidad de imponerse que el osito de Mimosín, no queda otra que espabilar de su letargo también a John Spartan. Ciencia ficción, entretenida; de esas para una tarde de palomitas en una sala oscura. También salía una joven Sandra Bullock. Lenina Huxley se llamaba su personaje. Quienes no entiendan el guiño del apellido ya pueden correr a la biblioteca. Los que sí, pueden seguir leyendo mientras sonríen.

Para reflexionar sobre el presente recurro a una película del pasado que habla sobre el futuro. No es la primera vez. Me temo que no será la última. En ese futuro donde tan incómodo se siente el bruto entrañable que interpreta Stallone, además de que los policías cumplen la misma función que los floreros, no se pueden decir palabrotas. Cada vez que John Spartan soltaba un exabrupto, una voz metálica brotaba de un artefacto para comunicarle la sanción correspondiente y expedía un nota. Como en el futuro no se usaba papel higiénico, al policía se le ocurrió la solución más lógica y divertida: soltar tacos uno tras otro para poder limpiarse el culo con las multas. Como metáfora resulta brillante. Mis felicitaciones tardías a quien se le ocurriese.

Viene esto a cuento por una tonta y absurda polémica que ha incendiado las redes sociales estos días. Parece que en 2022 Sufre mamón (la archiconocida canción de Hombres G: 27.000.000 millones de visualizaciones en Youtube; no se me ha ido la mano con los ceros, no), promueve un mensaje machista (“devuélveme a mi chica”) y homófobo (“voy a vengarme de ese marica”). Yo era un adolescente cuando apareció Sufre mamón. La he cantado, hasta la he bailado sin ser un entusiasta de mover el esqueleto en una fiesta; me he identificado con el protagonista y otras veces he sido el tipo al que el este odia. La vida de cualquiera, vaya. Unas veces ganas y otras pierdes. Te llevas a la chica o se la lleva otro. Dudo mucho que cantar “devuélveme a mi chica” o “voy a vengarme de ese marica” te convierta en un homófobo machista. También que no cantarlo te barnice con una capa de tolerancia. De Todos los paletos fuera de Madrid (Séptimo Sello), Lo estás haciendo muy bien (Semen up) o Menos mal que nos queda Portugal (Siniestro), mejor ni hablamos. 

Por mí que cada uno ponga el listón de sus prejuicios a la altura que le plazca. Pero las formas inquisitoriales, por modernas, no dejan de ser formas inquisitoriales. Alguien se puede manchar la piel desde la frente hasta los pies con antiestéticas calcomanías u horadarse cuantos cartílagos quiera para ponerse piercings y ser menos tolerante que un tonsurado justiciero alzando un crucifijo. Pero lo que más me entristece es que los creadores, por mucho que nos esforcemos en evitarlo, nos sintamos coartados para no acabar en la pira de los nuevos inquisidores agazapados en las redes sociales. Me queda la esperanza de que algún iluminado (o iluminada: en determinados asuntos conviene ser paritario) proponga la obligación de esas maquinitas para multar de Demolition man. Eso que me ahorraré en papel higiénico.

 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2022

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