El éxito y el fracaso
Una de las cosas que más debería enorgullecer a alguien, le decía ayer a Sergio mientras pedaleábamos por el campo, es que los amigos quieran pasar tiempo contigo. Me he comprado una bici nueva y, de las mejores cosas que tiene haber cuidado la antigua y no tirarla ni venderla por una miseria, es que de vez en cuando los amigos te acompañan en el pedaleo.
El camino de vuelta se hace un poco pesado, suele suceder, sobre todo si hemos rodado a buen ritmo durante la ida, y la meta, como en las carreras, aunque suave, es cuesta arriba. Fue cuando Sergio recordó a Pantani. Qué pena que un tipo que había triunfado como él acabase tan mal, dijo. Nadie sabe a ciencia cierta lo que sucedió con el ciclista italiano, pero a menudo la realidad resulta menos deslumbrante que las expectativas que los demás depositan en ti. Tú has estudiado económicas, le dije a Sergio, tienes un buen trabajo y una vida razonablemente feliz, pero imagina que mucha gente te dijera ―casi siempre con buena intención, aunque también, a veces, con indisimulada y perversa condescendencia―que si no destituyen a Tim Cook como director ejecutivo de Apple para contratarte a ti, tu existencia será un fracaso porque tienes más talento que él. Alguna vez lo he contado: si me dieran un euro cada vez que alguien me ha dicho que voy a ganar el Planeta, tendría en mi cuenta corriente más dinero que la dotación del premio. No eres responsable de las expectativas de los demás, por muy bienintencionadas que estas sean.
Me acordaba de todo esto al amanecer, cuando termino de leer, en la segunda sentada, Número dos, de David Foenkinos, una novela que cuenta de forma clara, breve (apenas 150 páginas) y entretenida la frustración del fracaso cuando se ha rozado el éxito con la punta de los dedos. La historia del tipo que estuvo a punto de interpretar a Harry Potter en el cine pero al final eligieron a Daniel Radcliffe. Debo de ser de los pocas personas en el mundo que no ha leído una sola novela protagonizada por el joven mago (aunque amigos escritores me han hablado muy bien de ellas) y tampoco ha visto las películas. Pero eso no me ha impedido disfrutar, disfrutar mucho, de este libro. No pasa nada por no ser el número uno, aunque los demás sostengan que tienes condiciones para ello; incluso aunque tú también lo creas. El éxito es muy infrecuente, por eso llama tanto la atención. Pero no alcanzarlo tampoco significa fracasar.
“John era un genio de domingo. ¿Debía culparse de no estar tocado por la gracia de la inspiración? ¿Tenía sentido sufrir por no ser Mozart cuando no sacabas de un piano más que pésimas melodías? Él se regodeaba en su papel de artista incomprendido”.
© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2023
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