De vagones y rejones

 

Busca un asiento en el metro. Los pies lentos, casi arrastrándolos. Una sola muleta. Hay un sitio vacío justo enfrente, pero me levanto para cederle el mío, como un resorte, pero no hay prisa porque nadie tiene intención de adelantarse. La anciana declina mi ofrecimiento con una sonrisa y se coloca justo enfrente. Ochenta y muchos, calculo. Bien vestida y bien peinada. La mirada digna de quien aún tiene el coraje de valerse por sí misma. Aun quedan varias paradas hasta mi destino. Hace frío estos días en Madrid. Mucho. Me gusta, pero el problema de las ciudades donde aprieta el invierno es que aún no han inventado un traje anfibio para salir a la calle y luego entrar en un sitio donde parece que regalan la calefacción, conque, a poco que uno se descuide, acaba ahorrándose el bono de la sauna. Me quito la cazadora de comandante de submarino alemán, la bufanda, dejo en el suelo la mochila y las bolsas con las compras, algunas mías y varios regalos, y las sujeto entre mis piernas para que no acaben desparramadas por el suelo del vagón. La mujer hace amago de levantarse una parada antes de la mía. Pero no puede y yo no puedo mirar para otro lado. La  miro a ella, que mueve la cabeza, pesimista. Además, la parada es en curva. Como si tuviera miedo de que alguien pudiera adelantarse, si no estuviera ensimismado mirando con cara de bobo la pantalla del móvil o durmiendo, ya estoy de pie. Dejo la cazadora en el asiento. La bufanda resbala hasta el suelo, las bolsas se caen y las compras para las personas importantes patinan por el vagón. Las poesías completas de José Hierro que me he auto regalado, previsor (hay días más llevaderos gracias a un poema), se han detenido a los pies de una sudamericana que mueve la cabeza al ritmo de una música que pronto le romperá los tímpanos. Le ofrezco mi brazo a la mujer. No deja de darme las gracias. La protejo de los empujones y consigo llevarla sana y salva hasta el andén. El trayecto que le queda por recorrer se me antoja demasiado largo. Lamento no haber cogido mis cosas antes de ayudarla, pero me faltan manos. La cazadora, la mochila, la bufanda y los regalos siguen ahí dentro y una voz metálica avisa que las puertas van a cerrar. Me habría gustado preguntarle su nombre, ofrecerle mi ayuda un poco más. Vuelvo a entrar en el vagón, con pena. Ya no puedo verla. Recojo las cosas del suelo. He tenido suerte, nadie ha pisado los regalos. Sigo pensando en la mujer cuando me bajo en mi parada. En si debería haberme quedado. Me gustaría contárselo a alguien. A alguien cuya opinión me importe mucho. Que me escuche, que me reconforte con una palabra amable, incluso basta un icono en la pantalla del móvil. También me gustaría escribirlo. Uno vive, y mira, y cuenta, vaya. A la gente que aprecia, a sus lectores (a veces es la misma gente), pero para estos textos uso el portátil y no suelo llevarlo de viaje. A pesar de haber podido ayudarla más, ha sido la buena acción del día, podría decirme. El universo, o quien corresponda, me lo compensará de alguna forma. Lo haría si no tuviera ya demasiadas canas en la barba, pero las tengo. Además, nunca he creído en eso. Una vez, hace muchos años, en otra vida, por la mañana me desprendí de algo muy valioso para mí porque alguien lo necesitaba más que yo y por la tarde me sentí igual que un toro inocente tras el primer rejonazo. Por muy placeado que uno esté (permitidme abusar hoy de los términos taurinos) la punzada mortal llega por donde menos te la esperas. Cuando menos te la esperas. De quien menos te la essperas. Incluso llega inmediatamente. Lo peor es que sabes que siempre saldrás igual a la plaza, como la primera vez. Esa alegría no te la podrá quitar nadie. 

Yo me entiendo.

Ah, que no se me olvide: feliz Navidad a todos, queridos.

 

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2023 

 

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