Saber escuchar
Recuerdo a menudo una película de Lawrence Kasdan: Mumford. La filmografía de este tipo no resulta abrumadora por el número de títulos pero sí por algunos de ellos: Fuego en el cuerpo, sin ir más lejos. Me pasé muchos años sin aliento por culpa de Kathleen Turner. Tanto me gustaba que unas amigas me regalaron un póster de ella en El honor de los Prizzi y escribieron un montón de bromas por detrás. Ya me gustaría no haberlo perdido en alguna mudanza y tenerlo bien a la vista en mi despacho. Por los comentarios guasones de mis amigas, digo. Kasdan, además, es el guionista de En busca del arca perdida, El imperio contraataca y El guardaespaldas. Casi nada.
Cuento lo anterior porque quizá traerlo aquí sólo por Mumford parezca injusto. Para nada. Es una película estupenda, no demasiado conocida y mucho menos recordada, que cuenta la historia de un granuja con tanta habilidad para escuchar a los demás y dar consejos que, sin haber pasado por la universidad, abre una consulta de psicología y se forra. El último momento de la película es delicioso (podéis saltaros esta parte y continuar en el siguiente párrafo si os apetece verla): un policía se lo lleva detenido porque los otros psicólogos de la ciudad lo han denunciado. Camino de la comisaría, el policía lo mira por el retrovisor y le pregunta si puede contarle un problema. El protagonista sonríe. O tal vez no, pero así es como lo recuerdo.
Viene esto a cuento porque hace un par de días me encontré a un viejo amigo al que hacía años que no veía. Aparcó el coche, se bajó, nos dimos un abrazo. Me preguntó qué tal estaba y le conté alguna vaguedad, a pesar de que esa mañana había estado repleta de sinsabores, pero no me gusta contarlos. O quizá me apetecía pero preferí callar, como siempre. Enseguida empezó a hablar de asuntos muy personales, cosas que necesitaba soltar. Lo escuché con atención y paciencia, sin dar mi opinión ni aportar nada. A veces basta con eso: escuchar a quien quiere contarte algo porque sabe que le vas a dedicar atención, sin juzgarlo. Poco más puedo hacer.
Yo no soy capaz, lo confieso. Suelo decir que soy desconfiado pero de fiar. La frase queda bonita, creo, y es cierta, pero muchas veces siento no ser justo con quienes confían tanto en mí porque procuro que sólo sea la punta del iceberg lo que asome en el brillo de mis ojos. O en la ausencia de brillo. Quizá la escritura sea una válvula para contar cosas. A mi manera. Quien lo quiera entender que lo entienda. Quien no lo quiera entender, pues tan amigos. Un estriptís al revés, como afirma Vargas Llosa. Al empezar a contar una historia estás desnudo. Luego empiezas a cubrirte. Primero una capa, luego otra, y otra; y así hasta esconder el propósito inicial. Quizá uno espera conseguir aquello que escribió Max Aub: “Nadie ve de verdad lo que quiero hacer, nadie oye lo que corre por debajo de mis líneas, nadie adivina lo que abrigan mis colores”.
Pues eso.
© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2023
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