Generosidad acústica


 

Me fascina la generosidad acústica. La gente que, rodeada de desconocidos, habla abiertamente por teléfono. La he visto, y escuchado, siempre, pero la generosidad acústica era más evidente en el AVE. Tanto he viajado en ese tren que durante una época guardaba los auriculares (creo que ya no los dan), todas las cajitas almacenadas en una estantería, muestra ridícula de cosmopolitismo provinciano por parte de a quien lo facturaban a Madr
id o a donde fuera para dejarse retratar por la prensa, recoger premios o dar una charla. Fui gastando los auriculares del AVE o los perdí o los tiré. Eran de muy mala calidad. Me acostumbré a usar los míos. Los cuadernos los conservo. Benditas manías. He escrito mucho en trenes. Ahora procuro evitar el AVE. Prefiero el coche. No tengo que escuchar la vida de nadie mientras viajo. El coche es incluso mejor que el vagón de silencio donde una vez, lo juro, un tipo escuchaba ensimismado en el móvil las chirigotas de Cádiz. Recuerdo también al tipo casado que cerraba una cita para darse un homenaje con otro hombre a cambio de una cantidad nada despreciable de dinero. Supongo que el tamaño desproporcionado de lo que le colgaba entre las piernas al chapero, según repitió, entusiasmado, mi vecino de vagón, justificaba el dispendio. Nada que objetar sobre la infidelidad ni sobre la orientación sexual de los demás. Pero sólo nos separaba el estrecho pasillo entre los asientos. 

No he conseguido librarme del todo de la generosidad acústica. En los bares resulta imposible. Ahora es peor por la costumbre de poner el teléfono en altavoz y dejarlo sobre la mesa mientras se desayuna. Gracias a esa extraversión malsana uno está al tanto, aunque no quiera, de los negocios de los demás, de los problemas con la familia política, de sus amantes… La lectura y la escritura me aíslan, pero a veces sólo amortiguan las cuitas impúdicas de otros clientes. He perdido la cuenta de las suegras malvadas que conozco, de lo que meriendan los niños, de lo perezosos que se vuelven los maridos en las cuestiones de sexo cuando pasan los años, del precio de las aceitunas, de los jefes explotadores, de los empleados vagos… A menudo me pregunto qué habría sido de ellos, qué mal lo habrían pasado, pobrecillos, en la Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial, repleta de carteles que recomendaban a los ciudadanos ser discretos en sus conversaciones porque cualquiera podría ser un espía. Incluso un tipo solitario que finge escribir en un cuaderno.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2024 

 

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