El águila y la serpiente
Vacaciones de Semana Santa, 1986. Una noche, en un bar que ya no existe, en mi pueblo, me encuentro a Isidro, mi profesor de Historia en el instituto, y me dice que el domingo anterior leyó un reportaje en El País sobre la conquista de México y lo ha guardado para mí. Semanas antes hemos hablado en clase sobre esa época. “Hernán Cortés acabó ostentando un título nobiliario. Andrés, experto en la conquista de América, nos lo podrá confirmar”, apuntó el profesor, con mucha guasa. “Marqués del valle de Oaxaca”, respondió el alumno, siguiéndole la broma pero diciendo la verdad. Eran otros tiempos. Viejos tiempos. No era ningún experto, me apresuro a aclararlo. Sigo sin serlo. Pero me gustaba mucho esa época y más o menos un año antes había disfrutado como el enano que era de una espléndida novela: El dios de la lluvia llora sobre México, de László Passuth. Lo primero que me viene a la memoria de este libro, no sé por qué, es el ascenso de Diego de Ordás con unos pocos soldados al Popocatépetl. Tláloc, Quetzalcóatl, Huitzilopochtli… Era un reto divertido aprender y pronunciar aquellos nombres aztecas.
Con los años se añadieron otras lecturas: Bernal Díaz del Castillo, Hugh Thomas… A este exquisito hispanista británico tuve la fortuna de entrevistarlo muchos años después en Onda Cero. Se prestó con amabilidad y buen humor a interpretar el papel de Hernando Cortés para mí y para los oyentes (acabo de buscarla, pero no la encuentro, lástima). Uno de los proyectos de novela que descarté, porque la vida me llevó por otro sitio, era una historia protagonizada por un soldado de Cortés. El título estaba decidido antes de empezar. El mismo de aquel reportaje del periódico que me regaló mi profesor de Historia: El águila y la serpiente. En alguna caja debo de tenerlo guardado, casi cuarenta años después.
Ando estos días arremangado en la lectura de una nueva biografía de Cortés, la de Esteban Mira Caballos. Espléndida, por cierto, ni más ni menos como la que leí hace tiempo, del mismo autor, sobre Francisco Pizarro. Se acerca el doce de octubre y volvemos a lo de siempre. Me aburre. Este año, además, la toma de posesión de Claudia Sheinbaun redobla la polémica. Esa gente con apellidos y rasgos españoles que exige (en español) disculpas a los españoles de ahora por los españoles sanguinarios de entonces. No sé si de adolescente idealicé la conquista de América, pero por mucho que me empeñe en seguir siendo un niño ya no soy un adolescente. No nos engañemos: el noble propósito de evangelizar indios puede quedar bien para el catecismo, pero el brillo del oro era más poderoso. Cortés era valiente, ambicioso, inteligente, listo, incansable, pero también implacable, cruel, codicioso y tramposo. Un ser humano, vaya. Los tipos que se atrevieron a cruzar el Atlántico para buscarse la vida en un mundo más desconocido y extraño para ellos de lo que a nosotros podría resultar Marte, eran hombres recién salidos de la Edad Media. No los disculpo, pero tampoco debo juzgarlos con mis ojos del siglo XXI. Ya me gustaría poder visitar Tenochtitlán, o sus ruinas, pero no sabemos qué habría pasado si la civilización azteca hubiera sobrevivido aislada del mundo hasta hoy. Tampoco sabremos nunca qué habría pasado si Aníbal hubiera destruido Roma. El mundo sería distinto. Quién sabe si mejor o peor, pero muy distinto.
El doce de octubre no me gusta ni más ni menos que cualquier otra fecha. Pero, si de celebrar se trata, ojalá supiera el día exacto del final del verano del 218 A. C. en que los legionarios romanos desembarcaron en la Península Ibérica, precisamente para pillar a Aníbal por la retaguardia. Durante los siete siglos siguientes quemaron, saquearon, mataron y sometieron pero, aunque sea en un parte minúscula, o no tan minúscula, sentarme delante del ordenador a teclear este post, en este idioma y rodeado de libros, es culpa de ellos. O gracias a ellos.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2024
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