Tragedia
Iba a escribir de otra cosa. Tenía en la cabeza una imagen muy potente, varias, para unirlas en un texto y darles sentido. Escribir a menudo es eso, si no siempre: dar sentido a cosas que no lo tienen (¿acaso algo lo tiene?), explicarte lo que pasa, contártelo, contárselo a los demás y, con suerte, mucha suerte, entenderlo. Por la mañana estaba convencido de que lo haría, palabra, pero no soy capaz. Escribir de cualquier otro asunto se me antoja una frivolidad. Peor: una falta de respeto. Tres días fuera, sin cargador del móvil, sin datos. Tan feliz. El martes era un murmullo lejano. No miré las noticias. Estaba a lo mío. Hasta ayer no soy consciente de la tragedia. Por el camino recibo varias llamadas. Ten mucho cuidado con el coche, me dicen. Avisa cuando llegues. El cielo está azul, respondo. Por aquí diluvia, me advierten. Pocas cosas revelan más el aprecio que la preocupación de quienes te quieren. E intuyo más preocupación de la que desean transmitir. Normal: llevo tres días sin ver la tele. Pronto empieza a jarrear. Lamento no haber escogido otro trayecto, pero ya es demasiado tarde para rectificar.
Muchas horas al volante, atento a la radio. Nadie habla de otra cosa. La gente llama. Es terrible. Tengo amigos en Valencia. En la radio mencionan varias veces el nombre de un pueblo donde vive una amiga muy querida. Me empiezo a preocupar. Lo primero que hago al llegar, sin bajar del coche siquiera, es enviarle un mensaje. Pero, como temía, la única respuesta es una triste raya de confirmación. De no confirmación, en realidad. Luego aviso a las personas que me lo pidieron. Todo en orden. Muchas gracias. Ojalá pudierais verme la sonrisa. No por llegar vivo. Es por sentirme querido. Luego llamo a mi madre. Respira tranquila, por fin. Estoy seguro de que ha tenido una vela encendida todo el día. Me dice que el perro está triste porque lleva muchos días sin verme, que vaya a verlo cuando pueda. Pero sé que en realidad quiere asegurarse de que no le he mentido y aún estoy en carretera.
El mensaje de ayer sigue con una maldita raya esta mañana. Marco el número. No hay señal. Espero que sea la cobertura, sólo eso. Que ella esté bien. Que su familia esté bien. Ojalá. Mi apreciado Carlos Marzal responde a un correo, en cuanto lee el mío. Me cuenta que él y los suyos están bien, pero tiene muchos amigos que lo han perdido todo. Aún espero respuesta de otros correos. Y sigue habiendo una maldita raya en el teléfono de Amparo. Si lees esto dime que estás bien.
Por favor.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2024
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