Vehículo de sustitución
Me gusta conducir. Sé que puede parecer un vicio inconfesable o tal vez uno de esos placeres culpables. Lo mismo da. Me encanta viajar en coche. Y mira que disfruto en un tren o volando sobre las nubes al lado de alguien que me importe mucho. Con absurda nostalgia conservo una caja repleta de auriculares del AVE sin estrenar y también viejas revistas de Ronda Iberia. Voy a Madrid varias veces al año, pero desde hace mucho siempre en coche. Me agobian Atocha y las multitudes. Prefiero la carretera, salir temprano, parar por el camino cuantas veces quiera, desviarme, sin prisa por llegar. Volver a casa muy de mañana si quiero o a última hora del día si me apetece quedarme más tiempo. Supongo que como me gusta conducir resulta inevitable que también me gusten los coches. Así es. Si puedo, los vendo antes de que se hagan viejos, aunque les tenga cariño, y estreno otro. En eso pienso desde hace tiempo. Quizá ya vaya tocando cambiar de coche. Como tenía algunos arañazos y en julio se quedó tatuada en la chapa la pared de un garaje demasiado estrecho (a la salida me esperaba alguien con quien había ido al teatro y a cenar, pero no estaba nervioso, palabra: quiero creer que fui demasiado rápido porque no me gusta que me esperen), lo dejé en el taller para que lo pintaran. Me dejaron un vehículo de sustitución, un coche digno, pero no era el mío. Dos semanas he andado perdido. Sin poder sintonizar en la radio mi cadena favorita. Sin alejarme demasiado de mi entorno. Todo el tiempo en tensión por temor a un golpe. Llamé al taller varias veces, pero aún no estaba. A punto estuve de amenazar a la compañía de seguros con la cancelación de la póliza. Tenía un coche, sí, pero quería el mío. Cuando por fin se apiadan de mí y me devuelven mi coche me digo que cómo puedo haber sido tan idiota para querer venderlo. Para pensarlo siquiera. A veces basta perder algo para saber cuánto nos importaba. Y a menudo eso no tiene arreglo, por desgracia. Ojalá fuera tan fácil como con el coche. Me pongo al volante, enciendo la radio, la cadena de siempre, ni siquiera la han cambiado en el taller. Cuelgo del retrovisor la bota de cobre que compré aquel inolvidable verano de 1991 en Alemania (los veranos de la juventud siempre tienen, o deberían tener, algo de inolvidables y de iniciáticos), una estrella con mi nombre (siempre voy cargado de hermosos regalos con mucho significado) y busco una canción en la tarjeta de memoria. Como esto va de confesiones automovilísticas, lo diré: a menudo canto mientras conduzco. Lo segundo me relaja, más de una solución he encontrado al volante, para mi vida y para los libros que escribo. Lo primero me anima. Muy pocas personas me han visto en ese trance de playback apasionado. Siempre mujeres. Este verano me dijo una de ellas que debería ponerlo en las redes sociales. Tendrías más seguidores, bromeaba. El pudor me lo impide. De momento. Por ahora, me basta mi coche recuperado. Acaricio el volante con el mismo cariño que las caderas de una amante reconquistada. Tomo aire, lo suelto, muy despacio. Enfilo una de mis carreteras favoritas, la misma que recorre en una bicicleta robada mi querido Miguel Carmona (si no sabes de qué hablo, no seré yo quien te lo explique). Suena una de esas canciones que me ponen el corazón contento. Empiezo a cantar.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2024

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