El país de los ciegos



Me sienta mejor el horario de invierno. Me sienta mejor el invierno, en general. Aún no ha amanecido y tengo los ojos abiertos. Tan temprano es que aún no habrán abierto los bares. Me pongo a leer. Muchas veces me han preguntado si escribo por las noches, si leo por las noches. Nunca he escrito de noche y prefiero leer de día. Salgo a patearme la ciudad bajo la lluvia. Cuando estoy lejos de casa no paro de dar vueltas por ahí. Cerca de casa tiendo a encerrarme, a aislarme. No sé si es un problema, pero me gusta. Me cruzo con un chaval que camina con los ojos pegados al móvil, no sé si está ensimismado o es miope. Quizá ambas cosas. Cualquiera sabe. Sólo soy un antiguo que se sienta para escribir un mensaje. Un antiguo que escribe en su cuaderno mientras le sirven el primer café del día. 

Arrecia la lluvia cuando salgo tras la tostada y un par de cafés. La acera resbala. La punta del bastón zigzaguea, advirtiéndole de los obstáculos. Temo que se caiga. La gente camina deprisa. Es un día entre semana. Pero ella no se inmuta. Va en dirección a mi hotel, pero da igual, no puedo evitar seguirla un trecho, a un par de metros. Me pregunto si intuye mi presencia. De niño leí un hermoso cuento de Wells, El país de los ciegos, en una edición del Reader´s Digestque quizá conserve en alguna caja polvorienta. Ojalá. La buscaré cuando tenga un momento. Un viajero llega a un valle perdido, no recuerdo si en los Andes, donde todos los habitantes son ciegos desde hace siglos. En el país de los ciegos el tuerto es el rey, piensa el protagonista. Pronto se da cuenta de que está equivocado. Para sus nuevos amigos el concepto vista no existe. Lo toman por loco cada vez que presume de que puede ver. Para qué sirve tener ojos si ellos son capaces de sentir su presencia por cualquier oscilación en la hierba, por su olor, por el crujido de una rama al pisarla. Estoy seguro de que la mujer cuyos pasos sigo me diría lo mismo que los ciegos del cuento de Wells. Yo camino con cuidado para no resbalar, pero ella avanza firme con la ayuda del bastón, la puntera redonda un ojo bien adiestrado que la advierte de los alcorques, del pavimento irregular, de las paredes, de los coches, de la gente que va a lo suyo. La dejo ir, al cabo, tengo muchas cosas que hacer, pero me acuerdo de los ciegos que el ejército británico contrató como radares humanos durante la Primera Guerra Mundial. Apostados en los acantilados ingleses, gracias al sentido del oído tan desarrollado eran los primeros en detectar a los silenciosos dirigibles alemanes. Me acuerdo de Lothar Hermann, el judío ciego exiliado en Argentina que puso al Mossad tras la pista de Adolf Eichmann. También, sonrío al escribirlo, me acuerdo de Matt Murdock, Daredevil en sus ratos libres, o Dan Defensor si tienes suficientes canas en la barba. Pero igual no te gustan los tebeos.

Es casualidad, lo sé, pero qué curioso es el azar: esa misma noche voy al teatro y el protagonista de la obra es un ciego lúcido y bohemio. Leí a Valle Inclán en el instituto y no es la primera vez que asisto a la representación. Lo paso bien. Quiere la casualidad, otra vez, que mientras ceno en uno de mis rincones favoritos y hablo por teléfono con quien se preocupa por mí, el actor protagonista de la obra que acabo de ver pase al otro lado de la ventana, muy bien acompañado. La barba blanca, indómita, tolstoiana. El pelo recogido. Vestido de calle. Alto, delgado. Ni siquiera las gotas de lluvia que golpean el cristal consiguen deformar su estampa imponente. 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2024 

 

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