Sonny Boy
Al (Alfredo) Pacino es Michael Corleone. Con eso debería bastar. Creo que si alguna vez me lo cruzase por la calle tendría que esforzarme para no ponerme de rodillas. Igual me pasaría con Francis Ford Coppola. Uno de los libros que conservo de mis tiempos de prescriptor de lecturas en la radio es Conversaciones con Al Pacino, del periodista Lawrence Grobel. Lo rescato de la estantería antes de escribir esto. Un par de docenas de minúsculos post it y muchas páginas subrayadas. En la contra, la última línea dice que el libro es, por ahora, lo más parecido a unas memorias que podemos esperar. Dieciocho años después leo, por fin, esas memorias. A los once me zampé la novela de Mario Puzo en una edición de El Círculo de Lectores de mis padres. Se la presté a un amigo para que la leyese durante una convalecencia, pero nunca la leyó ni me la devolvió. No me pidáis libros prestados. Hace años encontré una edición idéntica en la Cuesta de Moyano. También la tengo cerca mientras escribo esto. A los catorce recién cumplidos vi la reposición de la película, con mi hermana, una tarde de finales de verano en un cine de Sevilla que ya no existe. Si me tuviera que quedar con una sola de todas las películas que he visto, y han sido muchas, sería El Padrino. La primera.
Debería bastar con ser Michael Corleone, decía. Pero Al Pacino es más, siempre es mucho más. Leo Sonny Boy, sus memorias, y sonrío al darme cuenta, otra vez, de que sólo es un actor (nada más y nada menos), que Hollywood, la fama y todo eso no es sino la cáscara. Rechazó hacer de Han Solo porque no lo entendía. Sean Connery dijo algo parecido cuando le ofrecieron el papel de Gandalf. Cuando vi El Padrino por primera vez, Al Pacino se estaba retirando del cine. Encadenó varias películas que no funcionaron, empezó dejar de gustarle el negocio, pero regresó con Melodía de seducción. No he vuelto a verla desde que la estrenaron, pero recuerdo ese momento con la morbosa Ellen Barkin. Podría no haber regresado al cine, pero no habría pasado nada. Insisto: es Michael Corleone.
Son bien conocidas las dificultades que Francis Ford Coppola tuvo para sacar adelante la película que él quería. Los productores querían a Edward G. Robinson para interpretar a Vito Corleone. Marlon Brando, cuanto más lejos mejor. No consiguió encajar a Robert de Niro como Sonny, pero James Caan está espléndido (qué actor no lo está en la película) y al final De Niro salió ganando porque en la segunda parte interpretó al joven Vito Corleone y se llevó a casa un Oscar. Debemos a la tozudez de Coppola que Michael Corleone tenga para siempre la cara de Al Pacino. Los que pagaban querían a Jack Nicholson, a Rober Redford, a Ryan O´Neill… A cualquiera menos a ese desconocido con cara de no haber roto un plato. Tras rodar las primeras escenas (la boda del principio de la película, junto a Diane Keaton), Pacino está sentenciado. A los productores no les convence. Al director tampoco. A Coppola se le ocurre que la única carta que le queda es rodar algo más potente. Se decide por la escena en la que Michael Corleone liquida al capitán McCluskey (Sterling Hayden) y a Virgil Sollozo (Al Lettieri). Lo siento: si piensas que esto es un espóiler es que no te gusta el cine. En una de las tomas, Al Pacino se tuerce un tobillo al saltar dentro del coche tras cargarse a estos dos tipos. Tirado en la acera, le duele tanto y está tan cansado que siente un enorme alivio: por fin lo van a echar de la película.
Lo que nos habríamos perdido.
© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2025
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