Verdades de matrioshka


 


Vuelvo a coincidir con un buen amigo de la infancia en la despedida de la madre de otro buen amigo. Sólo nos vemos en los funerales. No carece de lógica puesto que nos adentramos en la edad en que los padres empiezan a marcharse. Hace décadas que no nos tratamos. Eso siempre apena un poco. No pasó nada. La vida cambia y nosotros cambiamos también mientras buscamos la forma de encajar en ella, pero me gusta pensar que en el fondo somos como esas matrioshkas que encierran otras muñecas y quienes compartimos pupitre sabemos bien de qué pasta estamos hechos cada uno, de una forma tan clara como creo que ningún amigo de la edad adulta podrá entenderlo. No creo equivocarme si digo que a ninguno de mis amigos de la niñez le sorprendió cuando supo que el raro de Andrés se dedicaba a juntar letras.

Hace poco encontré una foto en un álbum donde buscaba otra cosa. La tengo a mano, en una balda de mi despacho. Salvador ha quedado en mandarme otras. Estoy deseando verlas, aunque me avanza que en una estamos vestidos de sonrojantes pastores navideños. Le mando esta y me quedo mirándola. Si la memoria no me falla, debe de ser de segundo de E.G.B. Curso 1976 / 1977. Como si pasaran lista los curas, recito en voz alta los nombres y apellidos de todos mis compañeros. Fueron ocho años juntos. O diez, si cuento a quienes también compartimos otros dos de preescolar. Jardín de infancia y párvulos, se llamaba entonces. 

Suelo hablar de los tebeos y los libros que me marcaron de niño pero, aunque tenía cierta tendencia al aislamiento que me sigue acompañando, cada uno es como es, también hubo otras cosas estupendas: con algunos de estos chavales que posan conmigo he vivido muchos momentos felices. La foto tiene casi medio siglo. Ese mundo ha desaparecido, pero cuánto me alegro de haber formado parte de él. No había bicicletas de montaña pero las nuestras corrían mucho, o eso nos parecía, cuando les quitábamos los guardabarros. No existía BlaBlaCar pero hacíamos auto stop y, aunque no se habían inventado Bizum ni Glovo, con diez duros nos sobraba para beber mosto en una vieja taberna que aún sigo visitando; o trasegábamos litronas sentados contra la pared de un lugar que ya no existe. Jugábamos a ser mayores de lo que éramos, qué tontería. Aún no estaban de moda los videojuegos, pero matábamos ratas en un vertedero, al anochecer, con escopetas de aire comprimido. Ahora es imposible porque casi siempre está seco, pero entonces nos bañábamos en el río. Netflix era ciencia ficción, pero veíamos películas en el vídeo de la casa de mis padres. No usábamos guasap, ni correo electrónico, ni Instagram, no teníamos móviles ni puñetera falta que nos hacía, pero nos sentábamos en la puerta de un banco justo debajo de mi casa y nos contábamos las penas y las alegrías; también los sueños. Llorábamos de risa, nos enfadábamos y, a nuestra manera, nos queríamos.

A veces, cuando leo a Stephen King me asalta el impulso de escribir una novela sobre aquellos años. Stephen King, sí. Porque el Stephen King que prefiero no es el de las historias de terror, sino el que relata de forma conmovedora el paso de la niñez a la adolescencia. La suya, la de finales de los cincuenta y primeros sesenta del siglo XX. La mía, si alguna vez escribo algo así, será la de los primeros años ochenta. La de la tercera de Rocky, la de Acorralado, la de Oficial y caballeroEn busca del arca perdidaNueve semanas y mediaTerminatorFalcon Crest después de comer y Regreso al futuro. Una historia donde robaría trozos de la vida de unos cuantos chavales de la foto, pondría cosas mías (escribir a menudo es saquear tus propios recuerdos y los de los demás) y me inventaría otras. O quizá sería casi todo verdad porque, ya sabéis: es en la ficción donde los escritores somos sinceros, aunque nos disfracemos. La ficción esconde la última matrioshka. La más pura. La más íntima.

La experiencia me dice que sería complicado publicar esa novela con unas condiciones dignas de distribución y presencia en las mesas de novedades para que llegara a mucha gente. Siempre lo es, en mi caso, cuando me alejo del territorio donde los editores piensan que los lectores me reconocen. Sigo empeñado en llevarles la contraria. Aunque tengan razón. Soy muy cabezota y pago un precio por ello. Está bien. Lo asumo.

Pero sonrío mientras miro la foto. Tantas vidas, tantas historias por contar en un viejo trozo de papel.

 

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2025 

 

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