Dedicatorias



Conviene no perder la perspectiva. Pienso en ello esta mañana, muy temprano, antes de estampar la dedicatoria en una novela. Conservo algunos ejemplares de la mayoría de mis libros no sólo porque en ocasiones me gusta regalarlos, también porque de cuando en cuando alguien cercano me pide uno dedicado para otra persona a la que casi nunca conozco. Para ellos supone un detalle bonito, claro: un libro de su hijo, un libro de su hermano, un libro de su primo, un libro de su amigo y a veces hasta un libro de su novio. 

¿Qué le vas a poner?, me preguntaron ayer. Me encogí de hombros. No sé, lo que se me ocurra. Lo dije y enseguida hubiera preferido tragarme la respuesta. El velo de decepción en la mirada de quien me lo preguntaba con tanta ilusión fue un torpedo en la línea de flotación. A cada uno le ataca la sensibilidad de una forma y a mí las costuras se me suelen abrir por ese flanco. Me acordé del desprecio con que una escritora muy conocida de libros infantiles me contó, hace muchos años, tras una firma en la que coincidimos, que había desarrollado una gran habilidad para escribir dedicatorias sin pensarlas. Es cierto, a veces no queda más remedio que ir rápido porque el tiempo apremia y la cola es larga. Yo he tenido que sentarme en un banco a seguir firmando libros porque mi turno había acabado en la feria y le tocaba a otro escritor (por raro que parezca esto en un gremio donde el compañerismo escasea, lo que parece lógico cuando la tarta es tan pequeña y tantos quieren probarla) pero también me ha tocado estar mano sobre mano en una caseta mientras la gente pasa y te mira con lástima, si te mira, y no te extrañaría que te echasen cacahuetes como a un mono que ve pasar la vida al otro lado de los barrotes en una jaula del zoo. 

Me acuerdo muy bien, incluso más bien de lo que me gustaría, de casi todo, pero, qué curioso, no conservo en la memoria la primera vez que dediqué un libro. Me gustaría saber lo que puse, recordar para quién fue. Confieso la pena, aunque ya no sirva de nada, porque en una feria un chaval tras hacer cola con su madre me plantó un libro de otro escritor. Era una novela de género fantástico de un autor extranjero, recuerdo. Le dije que yo no era el autor. No tuve mala intención, pero no quería engañarlo. La madre me pidió disculpas y se fueron los dos, cabizbajos. Los vi perderse entre la gente y enseguida me arrepentí por no habérselo dedicado. Qué importaba poner el nombre de otro con tal de hacer feliz a un crío. 

Es bueno no perder la perspectiva. Yo también he hecho cola para que me firmen un libro, quizá nunca con mucho entusiasmo, pero he visto la ilusión de muchos lectores al llevarse un libro dedicado. Leyendo (a menudo descifrando) lo que he puesto, compartiéndolo con alguien, abrazando el libro como un tesoro.

Esta mañana, antes de salir a pelearme con el mundo, escribí una frase cariñosa para alguien a quien no he visto nunca, puse mi nombre, dibujé algo que tiene que ver con la novela. A estas horas ya la tiene. Seguro que habrá sonreído al recibir el regalo. Puede parecer algo muy banal, y en realidad lo es, pero pensar en la sonrisa de alguien que no conozco me alegra el día.

 

                                                                                     

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2025 

 

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