Teleasistencia
Hace muchos años, en una comida con unos periodistas y algún político, salió en la conversación el programa de Juan y Medio. Quizá tenga otro nombre, pero así es como se lo nombra de una forma cercana y cariñosa. Para quien viva fuera de Andalucía, explicaré que es un espacio televisivo famoso sobre todo por servir de puente entre ancianos que desean encontrar pareja. Algo así como un Tinder televisivo para la tercera edad. Resulta fácil, incluso resulta tentador, hacer bromas sobre esto. O, como mínimo, apuntar una sonrisa maliciosa. En aquella sobremesa sostuve que, a pesar de ser carne de parodia, el programa cumplía un servicio social y eso era importante puesto que se emitía en una cadena pública. Para eso pagamos impuestos, vaya. Alguno estuvo de acuerdo. Fue hace dos décadas y el programa sigue emitiéndose con la misma energía y repercusión de entonces. Puede que más, pero lo desconozco. No soy espectador de ese programa, pero mi trayectoria sentimental indica que, a poco que me descuide, algún día acabaré acudiendo al plató por si suena la flauta.
Bromas aparte, aunque quién sabe si lo anterior no iba del todo en broma, conviene destacar lo que se hace bien y dar las gracias con la voz bien alta, para que todo el mundo se entere, a quienes se encargan de que el mundo siga siendo un lugar habitable para quienes ya no tienen tiempo ni ganas de reciclarse. Y hacen bien, además. Es costumbre quejarse de los impuestos, pero me parecen bien empleados en programas como el de Juan y Medio, y sobre todo merece la pena hasta el último céntimo invertido en el servicio de Teleasistencia, ese botón rojo que los mayores llevan para una emergencia. Hace tiempo convencí a mis padres para que lo instalasen. Me costó, pero todavía me cuesta más que lo tengan cerca, que lo pulsen de vez en cuando para comprobar que funciona. Nada alivia la ausencia de los tuyos, pero reconforta saber que hay alguien al otro lado, a cualquier hora, cuando las dudas te asaltan o la vida se tuerce. Una ambulancia, un médico, una llamada en tu cumpleaños para saber cómo estás. Alguna vez pulso el botón para comprobar que todo está en orden. Siempre hay alguien muy amable al otro lado que me pregunta por ellos. Ayer algo no iba bien. Era imposible conectarse, pero enseguida me llamaron para asegurarse de que no pasaba nada. Me dijeron que vendrían a solucionarlo lo antes posible. Ni veinticuatro horas han tardado. Es fácil quejarse, pero estamos desacostumbrados a dar las gracias cuando consideramos que la diligencia es una obligación.
Pero yo creo que hay que dar las gracias.
Siempre.
© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2025
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