Mariconeras
Antes se llamaban mariconeras, pero creo que ya poca gente se atreverá a usar esa palabra. A mí no me parece ofensiva, pero la capa de hielo sobre la que hablamos y escribimos es cada vez más fina. Tengo varios, lo confieso, y algunas mochilas. Incluso uno pequeño y práctico que cuelgo de la trabilla del pantalón, una suerte de cartuchera que confiere a mis andares cierto aire de pistolero. Me pregunto qué diría el personaje que interpretaba Kate Winslet en aquella película, si la proximidad al peculiar caminar de John Wayne disculpará el antiestético bolso masculino.
Soy tan desordenado que en medio minuto puedo convertir la habitación de un hotel en el almacén de una lavandería en hora punta, pero con el tiempo he aprendido a aprovechar el espacio de estos bolsos (o mariconeras, lamento si alguien se ofende) como un buen discípulo de Marie Kondo (que, por cierto, ni siquiera sé cómo es su cara). No cabe un alfiler, pero al menos cierran las cremalleras sin estallar: mi inseparable cuaderno, un estuche con varios bolígrafos, lápices, sacapuntas y goma de borrar; las gafas de sol, las gafas de leer, el móvil, los auriculares (qué gran invento el podcast) y un libro de setecientas páginas. El kit de aislamiento completo para desayunar.
Lo imprescindible cabe en una pequeño bolso, por poco elegante que sea.
© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2025
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